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"CON OTRO SUDOR"

Me llamaban el “ángel”. Guardaba silencio cuando escuchaba ese sobrenombre. Nunca supe si ofenderme o sentirme halagada, simplemente lo ignoraba. De boca de los hombres reconocía que era un flirteo, de las mujeres era pura envidia; pues para no inclinarme a ningún bando y darme a respetar prefería ignorarlos a ambos.

El sobrenombre nació a raíz de un desfile de modas de ropa interior de una marca muy reconocida donde las modelos eran llamadas “ángeles” porque usaban atuendos con alas y otros detalles para emularlos. Mujeres de cuerpos perfectos producto del sacrificio de no comer, deshidratarse horas antes de su exposición y ejercitarse como atletas pocos meses antes de modelar ante espectadores de todas partes del mundo… Yo me alimentaba con balance, hacía algo de ejercicio, cuidaba muy bien de mi piel, cabello, manos y pies. Me daba cariño, lo que entendía era necesario para conservarme en salud, juventud y vitalidad… Estaba consciente de mis atributos, pero no los utilizaba para escalar profesionalmente, me gusta sudar y esforzarme como cualquier individuo lindo o feo.


Me desempeñaba como asistente ejecutiva del vicepresidente de una firma de seguros. Un negocio sólido, muy bien administrado y productivo. El señor Eurípides Cabeza era mi jefe. Prefería que le llamaran Pipe y entiendo el por qué… Sus padres lo empezaron a matar desde que lo nombraron al nacer y para colmo el pobre “Pipe” era un perfecto nerdo(1).

Mi jefe utilizaba unos espejuelos enormes y pasados de moda, él era todo pasado de moda. Su ropa fue de última moda unas cuantas décadas atrás. Siempre llevaba lápices y bolígrafos en el bolsillo de la camisa y con frecuencia modelaba una mancha de tinta, muy típico de su “estilo” de hombre o como le llamen. Eso sí, Pipe utilizaba zapatos muy modernos, líneas italianas de pura piel y de buen gusto. Lamentablemente lo último que uno mira en un hombre son los zapatos y el primer vistazo que se le daba a ese pobre hombre, tan inteligente, tan sagaz, tan “al día”… los zapatos no le ayudaban a salir de su nube negra de mala imagen. Siempre andaba muy limpio y perfumado, olía literalmente a hombre, pero ni su fragancia ni los zapatos lo rescataban….


Yo a “Pipe” le llamaba señor Pipe. Le gustara o no me hacía sentir más cómoda y mantenía una línea de respeto entre ambos. Éramos prácticamente de la misma edad, pero era mi jefe y merecía mi respeto.


Por la cantidad de años que llevábamos laborando juntos y la confianza profesional que teníamos me atribuía la arriesgada libertad de coquetearle sublimemente, ¿qué me animaba? No lo sé, pero algo había en él que me despertaba lujuria, nada intenso, pero me animaba a seguir luciéndole mis encantos cada vez que visitaba su oficina a tratar algún asunto de trabajo. Él no tenía la apariencia física de ser una buena presa como hombre a consecuencia de su estilo, pero era muy un hombre muy inteligente –como dije antes- y su falta de destrezas para establecer comunicación con las mujeres para mí era una gran ventaja. En los ocho años que llevábamos trabajando juntos nunca le conocí una amiga, mucho menos una novia. En las fiestas de la compañía se presentaba solo con sus ridículos atuendos. Sereno, solitario y silencioso se paseaba por los alrededores y ya ni llamaba la atención, todos estábamos acostumbrados a su ridícula manera de vestir y su comportamiento aislado. Le tenía algo de pena, pero no encontraba la manera de cómo ayudarlo en su aspecto personal. Era una persona pulcra, nítida tanto con su persona como con su trabajo, pero nunca me había dado la confianza o la oportunidad de aconsejarlo en cuanto a la moda. Tenía mucho dinero para vestir bien, pero su selección de estilo era una incógnita para todos.

Yo acostumbraba a vestir con propiedad para ir a trabajar, pero siempre llevaba un botón de más abierto en la blusa y mostrar los encajes de mi sostén y el volumen natural de mis senos. Usaba faldas muy entalladas, a mi medida, pero con un elemento sexy, no muy cortas, pero siempre abiertas por algún lado y eso las hacía más elegantes y confundía al que me mirara.

Irónicamente yo hablo del señor Pipe y yo también estaba soltera. Ambos rondábamos la curva de los “medios” treinta y nunca habíamos estado casados. Yo sí había disfrutado de relaciones y aventuras, pero jamás con nadie de la oficina, esa era zona prohibida para el romance, pero insisto que el señor Pipe me despertaba una no se qué que me inspiraba faltar a mis principios profesionales y hasta olfatearlo con algo de deseo. No sé si era lo acostumbrada que estaba a su buen y respetuoso trato, lo hambriento que entendía que estaría por una mujer o simplemente por tener mal gusto. Él no era un hombre feo, pero además de sus enormes lentes, se embarraba el cabello en gelatina y entre ese brillo artificial y la rigidez de su aspecto otra vez me tropezaba con una pared y veía la triste realidad de este pobre diablo. Se conocía muy poco de su vida personal, todos se burlaban y hacían referencia de que aún viviría con sus padres. Con toda la cercanía que teníamos como compañeros de trabajo, nunca fuimos amigos y apenas sabía de su vida, era muy reservado y yo no le hacía preguntas.

Jamás olvidaré lo que les voy a contar…

Comenzaba el otoño y la moda cambiaba a colores más sobrios y saturados. Llegué a trabajar un lunes con mi nuevo atuendo propio para la estación y verdaderamente me sentía poderosa en aquella vestimenta: una chaqueta en piel muy bien entallada, una falda modelo lápiz en conjunto a una pulgada antes de terminar la rodilla y una blusa muy ceñida en satén negro. Como siempre, mostrando amistosamente mi sostén de encaje y mis senos redondos y voluptuosos. Nunca abandonaba mis altos tacones. Los de este día, los cambié a unas botas hasta debajo de la rodilla de color negro, también en piel. Siempre usaba medias de nylon con ligas, ese día las llevaba color humo. Me maquillé los ojos con sombras en tonalidades frías y me destaqué los labios con un lápiz color arándano. En fin, me sentía fabulosa y en control, lo que me daba más seguridad a la hora de conducirme entre el público, los clientes y los compañeros de trabajo. No necesariamente le tenía que agradar a todo el mundo, pero me sentía cómoda con la impresión que causaba en este modelo. Trataba de mantenerme a la moda y le añadía un poco de coquería y atractivo sexual a mi proyección.

A media mañana el señor Pipe llamó a mi extensión y me invitó a pasar a su oficina a tomar un café. Saldría a buscarlo a una de esas tiendas de variedades de café, me apetecía y acepté su oferta. Eso nunca había sucedido. Teníamos servicio de café en los predios, simple, pero lo teníamos. El señor Pipe regresó un rato después y me llamó de nuevo para que me sentara a tomarlo con él, eso tampoco nunca se había dado. Yo a él no le servía café, de eso se encargaba su secretaria o a saber quién. Bueno, “¿qué tendrá en mente?”-pensé, pero más inclinada a algún trabajo especial o el manejo de una cuenta difícil.

Me personé a su oficina e hice entrada de pasarela. Con la espalda muy erguida, pasos largos y firmes, en silencio… Se puso de pie cuando entré y me invitó a sentarme en un área más informal de su oficina. Caminé despacio y me senté con las piernas cruzadas. Mis piernas eran ridículamente largas y muy bien formadas, por esa razón tampoco usaba faldas muy cortas, pero aún el largo que antes mencioné que las usaba, me lucían bien para mi gusto.

Ya habiendo endulzado nuestras bebidas y batiéndolas para bajarles la temperatura, miré al señor Pipe para mostrarle atención y saber para qué me necesitaba. Me mantenía en silencio y esperaba por él. Él se limitó a mirarme y con su habitual timidez, después de unos segundos bajó la vista y evadió mi insistente mirada. Ese día –como les conté- me sentía poderosa, algo juguetona y en celo. Mis impulsos superaron el respeto que le tenía y con delicadeza pero precisión le presioné suavemente la entrepierna con la punta de mi zapato. Me encerró el pie entre sus muslos y con un movimiento leve acercó su sexo contra la suela de mi bota. No sé si era eso lo que quería de mí, pero hoy yo estaba dispuesta a quitarle la bobería, a él o a cualquiera con el que me tropezara que me hiciera la menor provocación. Me sentía necesitada de sexo y me daba curiosidad cómo el señor Pipe se manifestaría. Ya habíamos respondido los dos a un impulso, era el señor Pipe el que se llevaría mi cuerpo como premio hoy, ahora a ver qué más aceptaba o qué más haría por él o para mí…

Continué sorbiendo mi café sin quitarles los ojos de encima. Me llamaba la atención cómo se comportaría y aunque esa curiosidad me hacía cosquillas en el vientre por tener un concepto de tonto de este señor, la compartía con duda y esperanza de que se desvistiera de tonto y se transformara en hombre para pasar un buen rato. En fin, no hubo palabras, sólo miradas insistentes que me despertaron más la lujuria. Reconociendo que el sexo es un instinto natural y salvaje, le daría la oportunidad de develarse como macho. Que fuera buen o mal amante, ya eso lo evaluaría según su comportamiento…

Finalmente le quité el pie de la entrepierna y me subí un poco la falta y separé las piernas. Mi mirada continuaba clavada en la suya. Ya él no me miraba con temor, me miraba de manera distinta, con deseo diría yo... Le hice la tarea más fácil y dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos entregándole así mi cuerpo y poniendo en sus manos mis necesidades. Me deslicé los dedos suavemente desde la mandíbula hasta los senos y me abrí otro botón de la blusa. Mis senos se asomaban apretados en mi sostén. Como tenía los ojos cerrados desconocía los movimientos o miradas de mi jefe, esperaba una sorpresa… La bestia no se contuvo más y con un movimiento brusco escuché cuando su silla calló al suelo y se abalanzó sobre mi cuerpo. Se acercó a mi cuello y mi pecho. Sentía su profunda e intensa respiración. Sonreí con suavidad y le acaricié el cabello (aquel peluquín natural pero inerte producto del exceso de gelatina y fijador). Emití un delicado ronroneo que le provocó morderme y lamerme sin piedad. Este hombre estaba hambriento y excitado, y esta gata tomaría ventaja de su estado y se complacería y lo educaría (de ser necesario) para obtener un resultado satisfactorio de todo el evento que sabía se avecinaba sin misericordia.

Entre mis ronroneos y sus caricias finalmente llegó a mis labios y me inundó la boca con su lengua. Un beso diestro y muy sabroso, por cierto… Le tomé la mano y se la llevé hasta mis senos, los que apretó y acarició de manera satisfactoria según mis gustos. Se estaba tomando la molestia de excitarme tanto como yo lo anhelaba y me estaba llevando por el camino del deseo intenso… “Esto va a funcionar”-pensé.

Abrí los ojos y le pregunté con voz melodiosa: “¿Cómo lo complazco señor Pipe?” Y para mi sorpresa respondió: “Yo prefiero complacer a ser complacido, ¿te puedo saborear la vagina?” “Sí, claro que puede”-le respondí con disimulada sorpresa y contrariedad. “Desvístete, pero no te quites la ropa interior ni las botas”-me solicitó. Todo esto para mí era prácticamente un experimento. Tenía la misma impresión que todo el mundo en la oficina de que él no tenía ningún tipo de experiencia sexual con una mujer, pero algo me estaba llevando a pensar que eso no era tan cierto… Sus movimientos eran agresivos en cierta medida, agradables, de dominio y me complacía.

Me desvestí y le modelé mi ropa interior con las botas puestas. El señor Pipe se había abierto el pantalón y había expuesto su sexo el cual se acariciaba suavemente según me observaba. Sentí el impulso de acercármele y devorárselo pero levantó una mano y me detuvo. “Siéntate aquí”-me señaló con unas palmaditas el tope de la mesa donde habíamos degustado el café. Me senté sobre la mesa y crucé las piernas para darle un toque coqueto y de resistencia a la escena. El señor Pipe se me acercó por el lado y me apretujó la piel de un muslo, me rozó los brazos, luego los labios hasta que se paró de frente y me separó las piernas, se me acomodó entre ellas y nos besamos por largo rato. Me seguía sorprendiendo su destreza. “Este hombre es una caja de sorpresas”-pensé. En medio de ese prolongado beso acomodó la cabeza del miembro contra mi vagina  y me daba punzantes empujones. Sin mediar palabra me bajé de la mesa y me quité los pantis entendiendo que ya no componían nada. Regresó a la puerta de mi vagina y mis abundantes fluidos le facilitaban ese suave y ligero movimiento de la entrada y salida de la cabeza de su miembro. Me había llevado a una intensa excitación y me le acerqué para penetrarme yo misma con su instrumento pero se separó bruscamente y se limitó y seguir con sus suaves y limitadas penetraciones.

El señor Pipe escondía bajo su horrenda vestimenta un cuerpo firme y bien formado. Me entretuve tocándole todo el torso y los brazos. Le apretaba la piel con firmeza. Le rocé los pechos y se los pellizqué para aumentar su lujuria. El señor Pipe me tenía en su poder pero no me complacía con lo que yo quería. Deseaba ser penetrada ya y él seguía jugando con nuestros cuerpos dándome sólo una pequeña prueba de lo que poseía. “¿Cómo lo puedo persuadir con suavidad y obtener lo que quiero?”-me pregunté. “¡Fácil!”. Le acercaba mi entrepierna y él se retiraba así que me fui acercando cada vez más a él hasta que logré poner los pies en el piso. Él ya se había retirado por completo de mi cuerpo. Me le paré al frente y lo besé, le tomé las manos y se las guié por mi cuerpo hasta terminar en los senos. Con destreza fui dando una vuelta hasta pegarle mi espalda a su pecho. Mis manos seguían sujetando las suyas y lo seguía dirigiendo a manosearme. Logré ubicar su sexo entre mis nalgas hasta ubicarlo en el punto estratégico y deseado, lo fui deslizando con movimientos acertados hasta doblar el torso hacia el frente y exponer mi vagina para que hiciera su entrada sin dificultad, a mi gusto y porque lo deseaba. “¡Arggg…!” No pude esperar por él y ya dentro de mí impacté mis caderas con fuerza contra las suyas para no dejarlo salir y completa la penetración. “¡Que rico lo sentí!” “No tengas prisa”-me dijo. Me hice de oídos sordos y continué tomando ventaja de su presencia en mi cuerpo y manejando un entra y sale de su pene en mi vagina para calmar mi sed de sexo. Emitía en voz baja lamentos de placer, me complacía pero ya deseaba que tomara control y me penetrara por cuenta propia para disfrutar de puro sexo, con fuerza de hombre, mostrando interés en también complacerse y su necesidad carnal.

El señor Pipe se mostró muy pasivo en el proceso. Gozaba de una erección potente pero no tomaba la energía que yo deseaba para satisfacerme cabalmente. Yo estaba en las nubes, me olvidé de que estaba en los predios de mi trabajo y me desesperé con conseguir placer. Recordara o no dónde estábamos, no teníamos mucho tiempo… La intensidad de mi deseo por completar la aventura se apoderó de mí como un demonio. Con la dentadura prensada, mirada desafiante de hembra en celo y en tono exigente como el que da una orden le dije: “Haz lo que tienes que hacer.” Se mantuvo dentro de mi cuerpo, me dio dos nalgadas que me quemaron la piel, me apretó con fuerza por la cintura y supo complacerme como manda ser un buen amante. El exceso de fluidos que brotaba de mi vagina hacía un ruido enloquecedor, enloquecedor rico, seductor; haciendo alarde de presencia y facilitador de contacto, como una burla al entorno, como recordatorio de vibraciones y notas para recordar como el que recuerda una canción en su primera cita y la hace suya. Ésa era nuestra balada de fondo…

Mi jefe repetía una expresión de esfuerzo y gusto a la misma vez cada vez que entraba en mi caverna natural y seguía bañando su pene en mis jugos cristalinos. Mi necesidad de conclusión era inminente, ya necesaria. Con urgencia por terminar le avisé que me disfrutaba acariciarme la vagina entre tanta humedad y sentía el deseo intenso de alcanzar mi viaje al éxtasis. “Te falta mucho”-le pregunté. “Nada”-respondió. “Dame con fuerza, que termino contigo”-le solicité. Su sorprendente velocidad me complació a plenitud. La intensidad de sus impactos me entrecortaron la respiración y me sofocaba entre gemidos. Me seguí acariciando el clítoris ansioso, inflamado hasta que al escuchar su profundo alarido como lobo solitario me activó los sentidos de tal manera que mi orgasmo se presentó a segundos del suyo arropando mi cuerpo de una rigidez intensa, momentánea, hasta sentir esa particular corriente que viaja por las entrañas a su voluntad como parte del placer de haber alcanzado un placer rotundo. Me fui relajando poco a poco, aún disfrutando de las contracciones vaginales posteriores al orgasmo. El señor Pipe se mantuvo en mi interior. Yo sentía que su erección perduraba. Me fui enderezando sin retirar nuestros cuerpos uno del otro. Le pegué la espalda al torso y con la misma suavidad que comenzó este candente encuentro, así terminó. Me pasó un brazo por la cintura para acariciarme el vientre y otro por encima del hombro para acariciarme un seno, me lamió el cuello y el otro hombro hasta que sentí que su respiración se fue normalizando y su pene se relajó y descansó…

“Voy a pasar a su baño a refrescarme, ¿me acompaña?”-le pregunté. Su mirada me provocó un pavor momentáneo porque no la supe interpretar, me provocó hasta algo de temor. Esperé su respuesta y me dijo: “A mi me limpias tú” Y sin antes de yo reaccionar me puso la mano en la parte posterior de la cabeza y me guió hasta su pene para limpiárselo con la boca. No lo esperaba pero no tuve reparos en hacerlo. Con mala intensión me embarré las mejillas con el residuo de los fluidos. Una vez que terminé de lamerlo, despertándole una nueva erección me levanté y le di la misma mirada autoritaria que me había dado para decirle: “Límpieme usted las mejillas” Y con su habitual y demostrada lentitud me lamió la cara y sobre los labios, se detuvo, me observó por un instante y me besó con hambre nueva hasta sentir en mi piel cuando su pene se terminó de erguir; pensé: “El salario de hoy me lo estoy ganando con otro sudor…”

Es sorprendente como hay eventos improvisados que de alguna manera transforman la vida de una persona y le empujan a develar sus secretos de identidad. El comportamiento radical del señor Pipe ¿se debió a mi sublime provocación? quizás… Si se manifestó para demostrarme que era tan macho como cualquier otro y sí sabía manifestarse sexualmente con una mujer, ¡bien por él! pasó la prueba satisfactoriamente, me gustó y me le seguiré entregando; a mi jefe; “el señor Pipe”

Al día siguiente, a media mañana el señor Pipe llamó a mi extensión: “Lissandra ven a mi oficina a tomar café…”


(1) Anglicismo popular de la palabra “nerd” o similar al término en inglés “geek” que significa tonto, pendejo, pazguato…

Artemisa©



2 comentarios:

Kcfeo dijo...

Alábalo que vives.
Ciertamente tu retiro del ruedo dejo un marcado espacio en un buen sector habituados ya a tus escritos.
Pero regresaste, y de que manera.

Magistral la metamorfosis del Sr. Pipe al Sr. PiPi.
La oruga fea que saca a la luz la destreza y la gracia al vuelo.

Bienvenida seas hija de zeus.

Artemisa dijo...

Gracias por "recibirme" con brazos abiertos!

Hare lo posible por no abandonarlos mas y menos por tanto tiempo...

Consejo.... "siempre sal a la calle con zapatos de buen gusto, nunca sabes cuando vas a recibir una invitacion a tomar cafe... ;-)