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UNA EMERGENCIA LLAMADA DESEO

Estaba de pasadía con la familia y amigos y toqué una planta que me causó una reacción alérgica, terminé en la sala de urgencias para recibir tratamiento.

Uno de mis hermanos me llevó. Me pasaron rápido a recibir tratamiento intravenoso y mi hermano, que era muy cobarde para mirar cuando me pincharan, prefirió pasar a la sala de espera.


El enfermero de turno, un joven muy amable y cabe mencionar que bien parecido, se encargó de aplicarme el suero y los medicamentos necesarios para combatir mi alergia.  Me hizo muchas preguntas, entre ellas el área donde había ido de pasadía y qué planta recordaba haber tocado. Le respondí pensando que la información sería relevante para identificar qué tratamiento aplicarme y resultó que su interés era para evitar ir al mismo lugar. Me reí muchísimo de su ocurrencia y conversamos brevemente de lugares que habíamos visitado recientemente.

El enfermero terminó de ponerme el suero y aplicarme los medicamentos indicados por el doctor y me dio las siguientes instrucciones: “Vas a sentir algo de mareo, quizás sueño pero será por poco tiempo y lo vas a poder manejar. Si deseas también te puedes dormir y descansas en lo que se termina el líquido. Una vez que termine pasas al área de radiografías para tomarte una placa de pecho. ¿Tienes alguna duda?” “Entendido”-le respondí. “¿Cuál es tu nombre?”-le pregunté. “Me llamo Saúl Rivas, me puedes llamar Saúl. Soy enfermero graduado y estoy a cargo de esta sección. Si necesitas algo me llamas sin reparos”-respondió con cortesía y profesionalismo. “Gracias Saúl”-le respondí con una sonrisa y se retiró.

Las gotas del líquido del suero bajaban con rapidez, “significa que no estaré aquí mucho tiempo”-pensé. Pasaron quizás unos 10 minutos y comencé a sentir frío. Llamé a Saúl con voz tenue para no molestar a los otros pacientes, “Saúl…” “¿Quién me llama, eres tu Darla?” “Sí”-respondí con animosidad. “En unos minutos estoy contigo”-respondió.

Saúl se acercó y con diligencia me preguntó qué necesitaba; “tengo frío pero a la vez me arde la piel”-respondí. “Es una reacción normal por el envenenamiento. Pronto se te pasará esa sensación. Deja que la medicina haga efecto en tu cuerpo. Mientras tanto te voy a traer algo para cubrirte del frío”-dijo. Me trajo una sábana y me la tendió sobre el cuerpo. Se tomó la iniciativa de acariciarme los brazos y las piernas para darme calor, después me tomó las manos y me las encerró entre las suyas. Le dio calor a mis manos y también me las acarició, “tus manos son suaves”-dijo. Yo me limité a sonreír. “Te las cuidas mucho, me gustan tus uñas, ni muy largas ni muy cortas. Me gusta el color que llevan; lavanda, muy suave y agradable a la vista, te queda bien.”-añadió. Me limité a darle las gracias. Saúl continuó sosteniendo mis manos. Ya no estaban frías pero no las soltaba. Me siguió acariciando, entrelazó sus dedos entre los míos y me las besó. Sorpresivamente sentí cómo mi cuerpo reaccionó a sus caricias. Ese simple contacto en la piel que tanto gusta, que activa los sentidos, las sensaciones, las emociones, el deseo… “¿Te sientes mejor?”-preguntó. “Sí y con  ese detalle de afecto mucho mejor”-respondí mirándole a los ojos con fijación. Saúl sonrió y se reincorporó a su rol de enfermero para decirme: “Al suero le falta poco por terminar, después pasas a hacerte la radiografía” “Está bien, te aviso”-respondí con obediencia.

Cuando el suero terminó le avisé a Saúl, me lo removió y me preguntó si me sentía mejor y si estaba mareada. “Me siento bien”-respondí. “¿Por qué necesito hacerme una radiografía?”-le pregunté con inquietud. “Aunque ya te hayamos detenido la alergia, no esté de más saber si llegó hasta tu sistema respiratorio, es un procedimiento preventivo. Algunas alergias van cerrando tus conductos respiratorios y queremos estar seguros de que estas bien por fuera y por dentro”-respondió con dulzura. “Este enfermero o es muy dado en su trabajo ¿o me está dando trato especial?”-me pregunté. Me ayudó a bajar de la camilla y me dirigí a área de radiografía.

Una vez que las radiografías estuvieron listas me las dieron y me dieron instrucciones de entregárselas al enfermero de turno. Regresé al área de urgencias y busqué a Saúl, ya con ansiedad de volver a verlo y disfrutar de su buen trato, todavía confundida si era así con todos los pacientes o sólo conmigo. Lo busqué por todo el salón hasta que lo encontré en una pequeña habitación escribiendo notas, allí parece que se practicaba algún estudio médico específico. Me asomé y me dijo “adelante” y después de entrar cerró la puerta. Me senté a su lado y le entregué las radiografías, las observó y me dijo que estaba todo bien, que si ya me sentía mejor me podían dar de alta. “Me siento bien pero no me quiero ir”-le disparé ese comentario y también le pregunté qué tipo de estudio se practicaba allí. “Pélvicos y ginecología sencilla”-respondió. “¿Y por qué no te quieres ir?”-añadió. “Porque quiero más caricias tuyas”-respondí en voz baja y melodiosa, ese típico tono de voz que utilizamos las mujeres para seducir…

Saúl se puso de pie y me tomó de las manos, me levanté automáticamente para recibir su buen trato. Me colocó sus manos en las mejillas y me miró con una sonrisa sencilla. Me acariciaba las mejillas con los pulgares, me acarició la piel del cuello y yo ya estaba rendida por el contacto con mi piel, cerré los ojos y moví el cuello con suavidad para acariciármelo con sus manos. Me acarició el cabello e hizo una pausa, abrí los ojos y me seguía mirando fijamente. Le devolví la mirada a los ojos, le miré los labios, mordí los míos y le dije “bésame”. Primero me rozó los labios con los dedos y se me fue acercando lentamente hasta tocar mis labios con los suyos para enfrascarnos en un beso violento, furioso, completo, tan rico que no encontraba como parar. Le acaricié el pecho hasta llegarle a la cintura y noté que su uniforme no llevaba correa, un simple elástico que me facilitó llegar libremente hasta su sexo. Estaba erguido y aceptó mi caricia de buena gana. Se separó de mi boca y me besó el cuello. Escuchaba unos suaves gemidos según la intensidad con que le acariciaba el miembro. Yo estaba perdida en sus caricias y sus besos en mi piel. Me sintió los senos, las caderas, las nalgas. Me apretaba la piel donde quiera que me tocaba. “Bájate esto”-le dije refiriéndome a sus pantalones. “Vente acá”-me dijo. Dimos unos pasos y Saúl se acomodó sobre aquella camilla fría con superficie metálico, de un tirón expuso su llamativo sexo rígido, de piel rosada, liso, sin excesos de piel, perfectamente definido, palpitante... Tomé un banquillo que estaba cerca y me subí sobre su cuerpo. Me levante un poco la faldita que llevaba puesta, me moví las pantaletas hacia el lado y me sembré sobre la punta de su miembro para deslizarlo suavemente dentro de mi vagina embarrada en fluidos. “Muévete tú y no hagas ruido”-me dijo en voz baja. Saúl se había tomado la molestia de prepararme para este fugaz encuentro. Mi piel, roja por la alergia emanaba fuego, ¿o sería por la lujuria que sentía por el enfermero? Me había seducido de la manera más sublime y cortés, yo estaba lista no para disfrutar ni esperar romances ni caricias, sino para buscar un orgasmo con urgencia para satisfacer mi deseo intenso y de paso complacerlo.

Fue un episodio meramente físico, intenso, salvaje, acelerado -sin dejar de ser satisfactorio-. Froté mi vagina con agresividad contra el cuerpo de Saúl, con prisa para lograr un final feliz, en silencio respetando el entorno. La presencia de su cuerpo dentro del mío complementaba el acto placenteramente. No nos pusimos de acuerdo para terminar, los gemidos se nos atragantaban y con mi fiel en candela, a mayor velocidad cumplimos nuestro cometido. Ambos tuvimos hambre y nos alimentamos mutuamente… Moví mi cuerpo en vaivenes suaves -hasta observar por las expresiones de relajamiento de mi enfermero personal- que ya había completado su derrame en mi cuerpo… Por unos segundos más me le quedé sentada sobre las caderas, busqué su mirada y sonreímos uno para el otro complacidos de haber liberado la ansiedad sexual que nos había unido.

Me bajé de su cuerpo, tomé aire profundamente y le pregunté: “¿ya me puedo ir a mi casa?” “Sí, estas de alta”-respondió. Dí unos pasos hacia la puerta y Saúl me tiró de la blusa preguntándome: “¿No te despides?” “¿Qué quieres que te diga?”-le pregunté, él guardó silencio. “Ten la seguridad que si vuelvo a sufrir alguna otra emergencia de salud vendré aquí con la esperanza de encontrarte y recibir el mismo buen trato”-le respondí sin la más mínima intención de compromiso, no con el enfermero, sino con el hombre...

Dí media vuelta y caminé hacia la salida de la sala de urgencias, me tropecé con mi hermano y le dije: “Ya estoy bien y muy satisfecha, nos podemos ir a casa” “¿Satisfecha?”-me preguntó mi hermano con sorpresa. Yo le respondí: “Sí, me dieron un trato muy especial…”

Artemisa©


1 comentario:

Kcfeo dijo...

Medicina deportiva?
Especialidad en atletismo sexual?
1000 segundos de placer con obstáculos?
O fueron 100?