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GRACIAS A UN PENDEJO

Había sido un día pesado y agotador. Era jueves. Sin importar lo cansada que estaba físicamente mi cerebro permanecía electrizado por el ajetreo diario. No recuerdo ni a cuantas reuniones asistí ni a cuántos clientes visité y recibí. Esa era quizás la razón de mi prolongada energía. Mi mente había procesado demasiada información en un lapso aproximado de 7 horas y no sentía deseos de hablar más, pero necesitaba distraer la mente en algo que me desconectara del trabajo. Fui a tomarme una copa de vino durante la “hora feliz” en un bar de camino a mi departamento.

Me senté a la barra, ordené y me miré en el espejo que me quedaba de frente como parte de la decoración de aquel acogedor lugar. Escuchaba música popular de fondo a un volumen lo suficientemente alto como para no escuchar mis propios pensamientos. La música provenía de una máquina tragamonedas por lo cual no todo el tiempo se escuchaba música. Cuando nadie pagaba por una canción resaltaban las voces de los presentes y entonces todos bajaban su tono de voz.


Cuando más cómoda me encontraba con la mente en blanco y en silencio llegó a la barra un grupo de jóvenes de cuello blanco y se acomodaron a mi lado para ordenar sus bebidas. Eran varios, quizás cinco o seis, la verdad no sé con exactitud. Estaban todos enfrascados en una conversación vana, entre críticas a sus compañeras de trabajo por lo que pude percibir; si la pobre chica no conducía un modelo deportivo la criticaban como una simple muerta de hambre que según ellos “no importaba lo bien que se viera, no era material para invitarla a salir” porque se fijaría en uno de ellos en particular por interés para pasearse en su lujoso auto último modelo con los aros más caros y el mejor equipo de sonido. Todo eso escuché y me retorció el estómago saber que gente tan joven fuera tan arrogante y lo equivocados que estaban para marginar y despreciar a una persona por las razones incorrectas. De esa manera fueron masacrando a cada una de las compañeras de trabajo. Entendí que trabajaban todos para la misma empresa y que sería una muy grande porque escuché la mar de nombres de féminas y según ellos ninguna era una mujer que valiera la pena. “Una se ríe muy feo, la otra no sabe bailar, aquella viste como una abuela y la otra tiene unas libritas de más” ¡Que conversación tan “amena”, infantil y desagradable me tocó escuchar sin remedio ni opción! Siguieron hablando boberías hasta que “el más macho” comenzó a jactarse de sus aventuras con las chicas de la oficina. Según “se las había probado casi todas” y ninguna era –según él- suficientemente mujer para reconocer que él ara el mejor de los amantes y ninguna –según él- había demostrado tener el aguante para complacerlo durante toda una noche. Uno de los jóvenes de ese grupo “clase A” que me rodeaba, de menos estatura que los demás, de hermosa piel tan lozana como la de un niño sin rastros de vello facial, unos enormes ojos marrón y con un cuerpo no necesariamente el más atlético (“porque era el único que no se quería a él mismo porque comía porquerías y no le dedicaba tiempo al gimnasio”-según voz de sus “amigos”) le dijo al que identifiqué como el macho lo siguiente: “La mayoría de la chicas de la oficina que han salido contigo se burlan de ti por los pasillos porque dicen que no sabes hace el amor” y lo siguió un silencio sepulcral. Algunos de ellos eventualmente reaccionaron y soltaron una carcajada, pero los que eran sus fanáticos salieron al rescate de la reputación de su amigo “el líder”. El autor del comentario se limitó a tomar un sorbo de su trago y observar a su retador deliberadamente como el que ha dicho un piropo y espera otro a cambio. Fue una bofetada al ego. Yo no pude evitar sonreír por el audaz comentario del más señalado del grupo y “el líder” se dio cuenta e mi reacción y salió en su propia defensa.

“¿Cómo vas a decir una cosa como esa delante de esta dama? Ella va a pensar que es cierto. Que piensa usted de mi, ¿verdad que con sólo mirarme usted sabe que así de guapo como soy eso no es cierto?” Me viré y con una mirada de espanto lo observé detenidamente. Cuando finalmente todo el repertorio de palabrotas e insultos sin olvidar la burla que estaba pensando terminó de pasar por mi mente le comenté: “La apariencia de una persona no determina su calidad como amante.” Entonces la dinámica cambió… Con el descaro más grande jamás visto, denotando una inseguridad muy marcada típica del tipo de persona que no se derrota ante la crítica me dijo el atrevido: “¿Y por qué no prueba usted conmigo para demostrarle cuán bueno soy en la cama?” Mi semblante no cambió ante su desvergonzada oferta y las palabrotas e insultos volvieron a hacer acto de aparición en mi pensamiento. “Tuve un mal día, yo no necesito esto”-fue lo segundo que pensé… Aún así no perdí la cordura porque este mozalbete necesitaba ser educado con propiedad, le respondí: “La peor manera que puedes utilizar para conquistar a una mujer es precisamente ofrecerte como el mejor, somos las mujeres las juezas del rendimiento de un hombre. Admiro tu incisiva seguridad, pero con retar no ganas; nadie gana. Por lo que he podido inevitablemente escuchar te jactas de lo que le haces creer a tus amigos como aventuras, las cuales dudo y no tienes ni una palabra de halago para esas chicas que dices que compartieron íntimamente contigo. Lo primero que les deberías agradecer es el valor que tuvieron para entregarse a ti, lo cual me reitero que dudo. Aprende esto que te va a servir mucho en el futuro para que evoluciones a hombre: no tengas prisa, tu tiempo de crecer llegará, te falta mucho por vivir, por aprender, tener edad para consumir alcohol no te hace mejor ni más hombre. Y esta última apréndetela bien; un caballero cuando besa no lo cuenta(1)”

Sus amigos se burlaron de él. El líder, el macho, el creído hombre experimentado y conquistador perdió el habla y se tuvo que rendir ante sus fanáticos… En el grupo predominaba la seriedad de quién provocó mi elegante insulto con su comentario al desnudo. Ese joven presentaba una actitud diferente a los demás, supo observarme en todo momento y mantuvo la misma sobriedad que yo ante la aplastada de ego a su dudoso amigo. Con sus profundos ojos marrones buscando constantemente los míos me interesé por sacarlo de entre las manzanas podridas y conocerlo más a fondo. Se había ganado mi simpatía por ser sincero… Pedí otra copa de vino y en la servilleta que me sirvieron escribí: 555-000-1234 Suzzette”, la doblé a la mitad, me levanté, me le acerqué al joven de los ojos encantadores, le puse la servilleta en el bolsillo de la camisa, le di una palmada en el bolsillo y le hice un guiño. Él fue muy astuto y educado y me ofreció acompañarme hasta el auto, a lo que accedí gustosamente y crucé mi brazo en el suyo dejando atrás a un grupo de estúpidos con las bocas abiertas… El momento ameritaba dar media vuelta y decirle al aspirante a hombre: “¿Cómo te gustan esas manzanas?”(2)

Se llamaba Pedro. Contaba con 26 años. Se condujo con buenos modales, nada forzado, simplemente demostró ser muy educado y cortés. No hizo comentarios sobre su “compañero de andadas” y lo llamo así porque me niego a creer que fueran verdaderos amigos. Le advertí que yo era 8 años mayor que él y su respuesta fue: “¿Y de qué manera eso me beneficia o me perjudica?” “Me gustaría invitarte a tomar una copa de vino”-le respondí con suave ironía. Pedro manejó muy bien la comunicación e hizo buena muestra de no adelantarse a pensar que la nota que le había puesto en el bolsillo fuera mi número de teléfono. Me gustó su actitud realista, me seguía sorprendiendo… “Me siento halagado”-respondió con una sonrisa. “¿Y qué me diste aquí?”-me preguntó sacándose la nota del bolsillo. “Es mi número de teléfono, ¿me llamarías?”-y con un gesto jocoso giró los ojos como el que tiene que pensar para responder y lo acompañó con una sonrisa, luego asintió con la cabeza. Yo le respondí de la misma manera. Identifiqué que compartíamos la destreza de comunicarnos con la mirada… Yo hacía frecuente uso de “hablar” con la mirada, resultaba ser más convincente y menos comprometedor…

El sábado en la noche me acordé de Pedro porque me apeteció tomar un trago pero como no me llamó opté por dejarlo a discreción del destino. El domingo poco más de las 3 de la tarde se comunicó. Después de saludarnos tomó la palabra: “Me encantaría tomar una copa de vino contigo, pero quiero modificar la invitación, ¿me acompañas a tomar un helado?” “Me parece bien”-contesté y coordinamos la hora de la cita.

Llegamos a la heladería en autos separados. Pedro llegó primero que yo y me recibió con una alegre sonrisa. Nos saludamos con un abrazo y entramos a comer u helado. Yo llevaba una camisetilla blanca de manguillos, no pensé que en la heladería haría tanto frío… En un momento pesqué a Pedro observándome el pecho, más bien los pezones porque el frío me retaba y estaba a punto de tiritar. “¿Tienes frío?”-me preguntó. Le respondí que sí con labios temblorosos. “Salgamos de aquí”-me dijo. Me levanté con prisa y caminé frente a él aprovechando la ocasión para menearle mis caderas. Ya afuera del local le pedí que me calentara y me abrazó y me frotó los brazos, luego las manos para templarme el cuerpo. En ese proceso me le acerqué mucho buscando con curiosidad el estado de su pene. No lo pude sentir, no estaba erecto ni excitado. Con ganas de provocarlo le dije que si me paraba de espaldas a él le sería más cómodo calentarme. Le pegué las caderas a su sexo y en unos instantes sentí la punzada que esperaba… Ninguno hizo comentarios y como él no se retiró me quedé en esa posición para disfrutar a mi manera de su sexo vivo. Pedro continuó frotándome los brazos y le dije: “tengo los pezones bien arrugados por el frío, tanto que hasta siento un poco de dolor. Pedro me preguntó: “¿de verdad?”; “ay sí”-le respondí con un ligero tono de inocencia e ingenuidad y sin consultarle le tomé las manos y se las conduje hasta mis senos para que los sintiera y me los calentara. “Están sí bien contraídos…”-me dijo muy cerca del oído. Su voz me provocó un cosquilleo agradable y llegué a sentir cómo mi vagina respondió con unos intensos latidos… “¿Te gustaría ver una película?”-me preguntó. “¿En el cine?”-le pregunté. “No necesariamente, podemos ir a mi estudio. Tengo varias, algo de lo que tengo te debe gustar”-dijo. “Vamos”-respondí. Cada cual se montó en su auto y yo lo seguí hasta su domicilio.

Pedro vivía en un estudio muy pequeño, sencillo pero acogedor, muy organizado y limpio. Me invitó a pasar y ponerme cómoda mientras él buscaba una película. Aunque él había reaccionado positivamente a mis avances no quería acelerar los eventos así que me senté en una butaca de su pequeña estancia. Pedro preparó el ambiente bajando la intensidad de la luz, me ofreció algo de tomar, lo cual rechacé. Él se sirvió una cerveza, regresó y me extendió la mano invitándome a sentarme a su lado. Me senté a su lado mi acurrucada contra su cuerpo, él me extendió el brazo sobre los hombros y me preguntó si todavía tenía frío. “No, ya entré en calor.” Miramos un rato la película y entre explosiones y estruendos me fue acomodando la mano dentro de la camisetilla hasta alcanzar acariciarme un seno. Yo no reaccioné de manera negativa y me le acerqué aún más. “Este muchacho me gusta. Tiene movimientos suaves y sabe en qué momento hacer sus avances”-pensé entusiasmada. Invadida en deseo por sus caricias me le acerqué al cuello y se le rocé con los labios hasta lamerlo y rozarlo con la nariz. Pedro esperó que cambiara la cara de posición y me besó en los labios pausadamente. Fue un beso breve muy agradable. Nada más pasó en ese momento, nos limitamos a seguir mirando la película. Eventualmente me cansé de la posición en la que estaba y me le acosté en la falda, Pedro me acariciaba la piel con delicadeza hasta sentirme consentida, sensación confortable… Más adelante me acarició el cabello a la vez que mi cuerpo seguí dando señales de interés por experimentar un algo más pero no tenía prisa. Era temprano todavía y aunque era domingo y ambos trabajábamos al próximo día no había necesidad de acelerar la aventura.

Cuando ya me aburrí de mirar la película y el deseo se había apoderado de mí gracias a sus caricias me viré contra su cuerpo y le mordí el pantalón entre las piernas. Su sexo estaba erguido y probablemente deseaba un contacto más íntimo de la misma manera que yo. Pedro reaccionó mirándome y separando más las piernas. Después de varias mordidas le abrí el pantalón y sin su ayuda le expuse el miembro y me lo llevé a los labios. Se lo besé con delicadeza de la misma manera que me trataba él a mí. Me froté la cabeza de su sexo en los labios y le di suaves lamidas para mantenerlo activado. Lo succioné un poco y ya él mostraba señales de una excitación más intensa, lo supe por los gemidos que emitía. Pedro fue buscando mi entrepierna y me introdujo la mano en los pantalones. Su mano temblaba un poco y le dije que no se sintiera incómodo, que me gustaban sus caricias y que continuara haciéndolo con suavidad y paciencia. “Tu vagina se siente muy suave y estés bien mojada”-dijo. Yo no pude responder a su comentario porque me estaba atragantando su sexo, pero tenía razón, estaba completamente rasurada y me había aplicado crema hidratante para que precisamente mi piel se mantuviera suave…

Ya estábamos listos para pasar a un juego más intenso, las caricias y lamidas se habían intensificado y yo quería sentirlo dentro de mi cuerpo, estaba lista para recibirlo y entendí que él también lo deseaba. Me levanté y me desnudé, le pedí a Pedro: “bájate el pantalón, quítate la camisa y quédate ahí sentado.” Mi nuevo amigo fue complaciente y cuando estuvo listo me le senté sobre la falda dándole la espalda y yo misma conduje su sexo hasta mi vagina resbalosa y empapada en fluidos. Los dos lo sentimos igual de placentero porque gemimos a la misma vez. Después de un rato de sabrosa penetración, Pedro me dijo: “Vírate de frente a mi que te quiero chupar los senos.” Me viré de frente a él y de la manera tan sabrosa que me acarició y lamió los senos me llevó a las puertas del paraíso. Todos sus movimientos y caricias eran pausados lo que me aumentaba más la lujuria ya que me daba la oportunidad de sentirlo y disfrutar de su esmerada atención. Entre mis movimientos de vaivén rozando mi sexo con el suyo, sus diestros apretones y lamidas nos fuimos envolviendo aún más en un viaje de placer casi inexplicable… Le dije: “bésame” y enredamos las lenguas en un acertijo empapado en saliva y gusto por la pasión.

Pedro llegó a su punto pico y me tomó por la cintura para levantarme y me dejarme caer con fuerza sobre su sexo. Los dos lo disfrutábamos hasta que nuestro momento de culminar la última etapa de nuestro apasionado encuentro se acercó sin medir el tiempo. Con sus manos aferradas a mi cintura tomé el control de movimiento y regresé a frotar nuestros sexos con rabia, con brusquedad, con ansiedad… Él respondió favorablemente y dejó atrás la serenidad de sus caricias. Los dos dejamos salir la rudeza que domina el cuerpo en la cercanía de un orgasmo. Ya los dos sudábamos copiosamente y nos mirábamos con seriedad. “¿Dónde termino, en tu cuerpo o en tu boca?”-preguntó Pedro con voz áspera y urgente. “En mi cuerpo, yo de aquí no me salgo”-respondí con egoísmo. “Anda Pedro, hazme llegar a ese orgasmo que tanto deseo, termina conmigo”-le pedí casi en tono de súplica. Mi compañero guardó silencio y encendió la turbina y me jamaqueó con movimientos bruscos casi violentos hasta que solté un grito de placer y le dije: “no más, no más.” Era evidente que Pedro no había completado su carrera y muy diestro en sus menesteres me volvió a sujetar por las caderas y me sembró unas cuantas veces más sobre su miembro hasta que se quedó quieto y con presión y fuerza mantuvo mis caderas sobre las suyas. Él también expulsó un gesto de alivio mezclado con placer para luego tomarme por el cuello y acercarme a sus labios y saborearme una vez más… Eventualmente me retiré de su sexo y me puse de pie. Me temblaban las piernas y sentía intermitentes salpicones de corriente en el cuerpo producto de un espectacular orgasmo. Mi amigo también se puso de pie y me volvió a besar llevándome poco a poco al sofá, me sentó, me abrió las piernas y me lamió la vagina saboreándose el cóctel de jugos producto de un buen sexo. No puedo negar que me hacía un poco de cosquillas porque mis genitales se ultra sensibilizaban después de un orgasmo, pero a la misma vez me disfrutaba su gesto el cual realizó con su ya demostrada suavidad y delicadeza. “¡Ya Pedro ya!-le pedí a carcajadas cerrando las piernas bruscamente. Se detuvo, inhaló con profundidad los aromas de mi sexo, le dio un beso en la piel y me dejó tranquila…

“¿Qué te tomas?”-preguntó. “Agua, por favor”-respondí. “¿Puedo pasar al baño, me puedo duchar, estoy empapada en sudor”-pregunté “¡Claro que sí, adelante!”-me dijo. Me guió hasta el baño (que era la única puerta de su pequeña estancia) y me entregó una toalla limpia. “Te traigo el agua”-me dijo y se retiró. Me dejé correr el agua por el cuerpo antes de bañarme como tal. La cortina de la ducha era transparente con alguna decoración pintada, pero alcanzaba a mirar entre los diseños. Pedro regresó al baño con vaso en mano y lo único que le miré fue el pene, fláccido, tambaleándose según daba sus pasos, relajado, en descanso, largo como trompa de elefante, distinto,  atractivo... “¿Te acompaño?”-me preguntó. “No tienes que preguntar”-le respondí. Entró a la ducha y se fue directo a mi cuerpo, delineó mis contornos y llevó la mano a mi entrepierna. “Mmm”-emitió y me besó mientras introducía sus dedos en mi perforación femenina. Así mismo se bajó a la altura de mi entrepierna y me dijo: “ponme un pie en el hombro.” Y me comió el sexo sin medir cuán sensible estaba todavía. La sensibilidad se fue y le dio la bienvenida al placer. “¡Que rico!”-fueron mis últimas palabras durante ese episodio. El resto del encuentro fue entre gemidos retumbantes por la acústica de su pequeño baño sin ventanas… Nos envolvimos de nuevo en deseo y sujeté con fuerza la cabeza de Pedro contra mi clítoris ya inflamado y palpitante. Yo también lo quería complacer pero no hubo manera de despegarlo de mi cuerpo hasta que le pedí: “penétrame.” Su pregunta fue: “¿Aquí?” a lo que respondí agitada y sumamente excitada: “Sí” Pedro se paró contra mi la espalda, me besó el cuello (siempre parsimonioso), me frotó los senos mientras mis nalgas buscan su sexo rígido para disfrutar de una punzada sabrosa porque me gustaba mucho sentir un hombre en esa posición con una potente erección, me excitaba mucho. Cuando lo localicé y lo acomodé con las manos en su sitio puse las manos sobre la pared inclinando un poco el cuerpo y Pedro me fue penetrando despacio. La sensación volvió a ser espectacular y escuchaba mi propio eco entre lamentos de gusto y buen trato. Él comenzó con suaves entradas y salidas con sólo la cabeza del pene. Yo de vez en cuando embestía sus caderas en reversa para sentirlo completo dentro de mi cuerpo. Pedro gemía igual que yo pero volvía y me retiraba. “Este hombre sabe lo que está haciendo”-pensé complacida. Finalmente Pedro me hizo una penetración completa y mantuvo su miembro dentro de mi cuerpo para alcanzarme el clítoris con una mano, frotarlo y estimularme más. Yo no necesitaba mucho más para llegar a un orgasmo, pero aguanté las ganas. “Me gusta que me froten de norte a sur”-le dije. Me complació y me preguntó: “¿Así Suzette? “Humju”-respondí bajando la cabeza por el inevitable disfrute de la sabrosa sensación. “¿Así es como te masturbas?”-preguntó. Y sin reparos ni vergüenza le respondí que sí… “¿Tu puedes contraer los músculos de tu vagina verdad? lo puedo sentir” “Sí, ¿por qué?”-le pregunté. “Apriétame lo más que puedas que me falta poco”-me pidió. No respondí con palabras, sólo con acciones y aquel hombre se lo disfrutó cabalmente. Sus quejidos y gemidos también producían eco y me calentaba más poder escucharnos de manera fuerte e intensa. Era como hacerlo directamente al oído pero esta vez en voz alta. Pedro supo manipular mi clítoris con habilidad suprema a la vez que yo lo complacía con apretones internos que le provocaban un inmenso placer. Era evidente que él conocía en qué momento esmerarse y se volvió a manifestar con destreza, nada de lentitud ni suavidad. Otra vez, ya ambos acariciando un orgasmo se aferró a mis caderas y me impactó con mucha fuerza. Como necesitó ambas manos yo misma me estimulé el clítoris y los dos volvimos a terminar prácticamente a la misma vez. “Acabándonos de conocer y que compatibilidad sexual tenemos”-pensé y no pude evitar sonreír. Pedro terminó su carrera introduciéndome de nuevo sólo la cabeza de su miembro hasta que se fue desinflando… Finalmente nos bañamos…

Salimos de la ducha, uno secó al otro y llegué a temer que Pedro se volviera a excitar porque yo merecía un descanso y tenía que irme porque al otro día tenía que madrugar. Cuando le sequé el miembro le volvió a renacer y le dije sonriendo, “¡Pedro ya por favor que me tengo que ir!” Pedro se rió a carcajadas y me dijo: “No, no más por hoy, necesito descansar.” “Te quiero volver a ver”-añadió. “Yo también”-respondí. “Mis días de trabajo son muy largos y agotadores, pero me llamas en la semana a ver si tengo el tiempo” “Te voy a llamar a ver si vienes a relajarte conmigo y lo acompañamos con una copa de vino”-añadió. “Me gusta la idea”-respondí.

Pasamos a la sala, nos vestimos y me acompañó hasta el auto, me devoró a besos y partí… No puedo negar, que aunque cansada –pero satisfecha- llevaba una sonrisa en lo labios.

Quién diría que de aquel grupo de imbéciles hubiese un hombre de calidad, un adulto joven, el menos dotado físicamente, fláccido como un anciano, piernas delgadas y pies planos, pero bien dotado, sumamente hábil a la hora de complacer y satisfacer una mujer, de piel tersa y hechizantes ojos marrón, caballeroso, simpático, entre otras buenas cualidades que opacaban su no tan atractiva apariencia. No existen caras bonitas ni cuerpos perfectos; todos somos hermosos de manera particular. Los atractivos a la vista no lo son todo para determinar cuán dada pueda ser una persona a la hora de amar, contrario a las palabras del “macho, su compañero de trabajo existen personas diestras que saben compensar sus desavenencias y desventajas ante lo ojos de la sociedad; la vil y cruel sociedad…

En el camino me tocó un semáforo con luz roja, cuando me detuve miré hacia el lado y lo que vi fue un auto deportivo que inevitablemente me recordó al compañero de trabajo de Pedro, al que gracias a su estupidez me había llevado a conocer a este encantador caballero que se esmeraba por satisfacerme como mujer. Mi reacción fue exclamar en voz alta: “¡pendejo!”


leyenda
(1)  Traducción literal del refrán americano “A gentlemen don’t kiss and tell
(2)  Popular refrán americano traducido literalmente de “¿How do you like them apples?” En términos generales – y de acuerdo a esta historia-  significa que quién es considerado inferior resulta llevase la mejor parte, en este caso una mujer; cabe mencionar que mayor en edad, inteligente y evidentemente experimentada.

Artemisa la Cazadora©



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