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REINA EN LAS ALTURAS

¡El patio de mi casa daba vergüenza! Entre demasiados compromisos personales, largos días de trabajo y la ausencia de un hombre en la casa que se hiciera cargo de esas tareas, me cansé de atenderlo, lo dejé crecer ignorando el salvajismo de flora y fauna que se debe haber convertido aquel espacio. Ya sin más espera, tenía que conseguir a quien darle la tarea y pasaban los días y la maleza en mi patio seguía creciendo.

Una tarde, de regreso a la oficina observé que podaban y daban mantenimiento a los alrededores. Me le acerqué a un hombre que por espalda tenía una muralla y le pregunté: “¿Haces trabajos residenciales también?” “Sí, señora”-respondió. “Te tengo tarea”-le dije entregándole un pedazo de papel que encontré en el fondo de mi cartera donde le anoté mis datos básicos para que se comunicara conmigo.


Eventualmente me llamó e hizo compromiso para el sábado en la mañana. “Excelente”-le respondí, te espero.

La mañana del sábado me levanté temprano y pasé a mirar la selva. “No tengo ni la menor idea de cómo él le hará, pero a eso se dedica, ya él sabrá por dónde empezar”-pensé.

Cerca de las 8:00 de la mañana llegó Alejandro con su equipo de jardinería. Me dio los buenos días,  descargó su camioneta, se puso sobre la ropa un ajuar de protección y se puso a trabajar. Usaba un ipod y de vez en cuando lo veía dar uno que otro movimiento con ritmo, estaba sumido en su trabajo. Daba la impresión de disfrutarlo. “Que bueno porque ahí tiene entretenimiento para buen rato”-pensé.

La verdad yo no tenía qué hacer y pasé al patio, Alejandro estaba de espaldas perdido en su música. Agarré el rastrillo y comencé a recoger pasto. Me disfrutaba la fragancia tan particular de la hierba recién cortada. De repente Alejandro dio media vuelta y dio un salto porque no me esperaba allí. Nos reímos muchísimo porque brincó como un chiquillo muerto de miedo. Se molestó mucho al verme trabajar, pero insistí y no hubo nada más que hablar.

La mañana siguió avanzando, serían ya las 11:30 y aquel hombre trabajaba sin descanso. Yo estaba acalorada y sudorosa, entré a la casa a buscar qué tomar y ofrecerle algo a Alejandro. Tenía agua, limonada y cerveza. Le pregunté qué prefería y optó por la cerveza igual que yo. Paró la maquinaria y se bebió la cerveza de un trago, “¿te traigo otra?”-le pregunté. No dijo que no, se la traje y esta vez la disfrutó conversando conmigo. Me ofreció darme el servicio más a menudo para conservar el patio en mejores condiciones. Sentí vergüenza pero él tenía razón. “Me comunico contigo para el próximo mes, ¿te parece?”-le pregunté. “¡Claro que sí, cuando quieras cuando sea necesario!”-respondió con entusiasmo.

“Hace mucho calor. Me puse esta chamarra para protegerme la piel, pero no la soporto”-le dije en voz alta mientras me la quitaba. Llevaba una sencilla camiseta blanca, sin mangas, sin brasier y el sudor marcaba claramente mis pezones. A mi no me preocupó la vista que le regalé a Alejandro, total ya era tarde para cubrirme. Lo noté observándome los senos de reojo y sonreí como niña malvada. Regresamos a nuestra faena y habiendo terminando de recoger las últimas hojas Alejandro se quitó su ropa protectora, estaba empapado en sudor, pero lucía tan sexy…. Tenía unos músculos tentadores de apretar, sentir su fibra, “estar en los brazos de este hombrazo debe sentirse una como en un fortín”-pensé.

¡Y al fin terminamos! Ya era pasado el medio día y el sol brillaba como dueño del cielo, era un día hermoso, brillante, pero insisto, demasiado caliente. Alejandro pasó cerca de mí cargando las toneladas de pasto muerto. Fui imprudente y no me moví de lugar para obligarlo a pasarme casi rozándome el cuerpo. Yo no le quitaba los ojos de encima. Él fingía estar distraído, pero mi insistente mirada parecía ponerlo nervioso…

En una de las salidas de Alejandro para llevar la carga afuera agarré la manguera y me la empecé a pegar como si fuera una ducha. Dejé que el agua me bajara por el rostro y avanzara por el resto de mi cuerpo. “Inocentemente”, cuando escuché los pasos de Alejandro me volteé con manguera en mano y lo mojé. Su expresión fue: “¡ay que rico!” “Saco la última bolsa y me mojo aquí contigo, ya vengo”-añadió. “Está bien”-respondí mientras me seguía rociando el cuerpo con el agua fresca. Alejandro regresó y le volví a echar agua, no quise entregarle la manguera, no se la ofrecí, le pregunté: “¿me permites?” Y su respuesta fue positiva. Lo mojaba por el cuello, pecho, espalda según se daba la vuelta, me le acerqué y le puse la manguera por la cintura del pantalón diciéndole: “aguántala”. Alejandro con expresión de sorpresa se la sacó del pantalón y la sostuve mientras me quité los pantalones con la excusa de que mojados pesaban mucho y dejé al descubierto mi bikini blanco con un pequeño laso rojo. Era obvio que me mirara, eso era precisamente lo que yo buscaba. Me conduje como si nada anormal estuviera sucediendo y le pedía la manguera de vuelta para seguir refrescándome. Alejandro actuó como un robot, me devolvió la manguera y lucía como hipnotizado por mi confianza y libertad. “¿No te pesan los pantalones? Quítatelos”-le dije como si fuera algo natural. “¿Aquí, no te molesta?”-me preguntó preocupado. “¡Claro que no, nadie nos ve!”-le respondí con tranquilidad.

Estábamos en el garaje de la casa, mi auto bloqueaba la vista desde la calle y hacia atrás; aunque ya no estaba la maleza; nadie nos alcanzaría a ver. Alejandro se fue desvistiendo con inseguridad. Se quitó los zapatos, los pantalones, la camisa y expuso sus pantaloncillos cortos a medio muslo. Su miembro se asomaba por la abertura frontal y con prisa se lo regresó hacia adentro. Yo me hice de la vista larga, no comenté, no reaccioné, ya era notable su erección y eso parece que lo tenía incómodo. A mi particularmente no me causó ninguna molestia y tomé ventaja de la circunstancia. Me le acerqué, me levanté el cabello y le dije: “rocíame la espalda” y di media vuelta. Emití gemidos de agrado. Alejandro me dijo: “tienes hierba pegada en la piel”. “Quítamela”-le dije. Y con cuidado y delicadeza forzada me fue quitando las hierbas de la piel. De momento se detuvo y le pregunté: ¿Ya las quitaste todas? “Sí”-respondió parcamente. Aproveché la corta distancia entre nuestros cuerpos y me doble para estirar la espalda y le pegué el trasero contra su sexo. Alejandro rompió el silencio y su timidez para preguntarme: “¿Qué tú quieres?” Yo le respondí: ¿Qué tu ofreces?” y me levanté y me viré hacia él.

Tropezamos miradas, Alejandro sonreía con confusión, yo lo miraba con seriedad y comodidad. “¿Qué te gusta?”-me preguntó mientras me introducía la mano en la miniatura de bikini que llevaba puesto. “Eso me gusta entre otras cosas”-le respondí. Alejandro tiró la maguera al suelo, me bajó el bikini hasta quitármelo, se ñangotó frente a mi entrepierna, me colocó una pierna sobre su hombro y con la boca abierta y la lengua por fuera comenzó a acercarse a su sexo. Me lo lamió completo de arriba abajo. Me limité a bajar la cabeza para observarlo, le acariciaba el cabello y me asegurada que no se despegara de mi cuerpo. Sus diestras y bien administradas lamidas fueron encendiendo mi sexo y la ansiedad por sentir más, por sentirlo todo….

“Quiero sentir tu lengua acariciar la mía de la misma manera que lames mi sexo”-le dije. Alejandro me lamió el sexo unas veces más y se levantó para besarme. Me complació arropándome la lengua con poder, con deseo a la vez con candidez devolviéndome mi sabor y mi fragancia íntima. Él era demasiado alto en comparación conmigo, yo tenía que levantar la cabeza para mirarlo, se doblaba mucho para alcanzarme los labios y la posición adoptada se tornaba incómoda. Me le separé de los labios y él fue enderezándose, me le pegué al cuerpo y con los ojos cerrados me estrujé contra él. Él parecía que manejaba una muñeca entre sus enormes manos. Él no sabía mis intensiones pero me apretaba contra su cuerpo según yo lo hacía. Al sentir su sexo abultado y duro contra mi trasero, según me acariciaba con su piel mojada y con olor a hierba fresca le pegué el trasero a su instrumento viril y lo dejé resbalar entre mis nalgas. En un movimiento rápido Alejandro se bajó los pantaloncillos y volvió a acomodar su sexo en mi trasero. La sensación era divina, pero ya yo quería más y necesitaba crear una posición dónde ambos estuviéramos cómodos para poder sentirnos…

Incliné hacia el frente la parte superior de mi cuerpo para exponerle mi sexo y que me penetrara, pero era tan alto y yo tan menuda que según entraba, como me sostenía por las caderas, mis pies se levantaban del piso. Sentía sabroso, pero me sentía muy insegura de caerme de sus manos. Me le despegué despacio, di media vuelta, lo abracé, luego caminé unos pasos hacia atrás y de un brinco me le enganché arriba de las caderas. Alejandro hábilmente me fue acomodando hasta alcanzar el nivel correcto para penetrarme. ¡Esa sí fue una sensación sabrosa! Él me sostenía por las nalgas y yo me aferré a su cuello. Tenía espacio y comodidad para movimiento y a la misma vez él sembraba mi sexo contra el suyo con rudeza moderada para no partirme en dos. Separé las piernas como nunca para que su miembro habitara mi vagina completamente. Me sentí atrapada de manos, pues si me soltaba de su cuello me iba a caer, utilicé mis labios y mi lengua como recursos y lo mordí en el cuello, le lamí los labios y le chupé la lengua con desesperación incontrolable.

Alejandro y yo, sin hacer hecho planes ni programarnos alcanzamos una compenetración tan intensa en ese momento íntimo que destilábamos rabia por terminar ese encuentro fogoso, no porque no fuera bueno, sino por la ansiedad de lograr nuestros orgasmos. Yo ya no podía ni gemir, me limitaba a hacer rugidos agresivos y él dijo algo entre dientes que ignoré para concentrarme en el buen servicio de que me estaba dando. La situación se tornó todavía más intensa, por eso le clavé los pies en los costados y comencé a levantar mis caderas para complacernos mejor. Yo no conocía a Alejandro en estos menesteres. Podía dar fe que era buen jardinero y nada más. Al desconocer cuán débil se podría tornar aquel edificio de músculos me volvió a aterrorizar la imagen de que me dejara caer, pero ya era demasiado tarde para cambiar posiciones. Era inminente la cercanía de nuestras conclusiones y me tuve que limitar a sostenerme con mucha fuerza de su cuello para terminar plácidamente y salvarme la vida.

“Ya no aguanto más”-dijo Alejandro con desesperación. “¿No puedes conmigo, me bajo?”-le pregunté. “No eres tú, es que necesito terminar”-respondió ansioso. “Yo también”-respondí con voz entrecortada. Los próximos instantes fueron magistrales. Alejandro distribuyó su fuerza y energía de otra manera. Ya no impactaba mi cuerpo contra el suyo, me sostuvo en la misma posición y con destreza y precisión movía sus caderas dándome un placer impresionante el cual me llevó a disfrutar de esos últimos momentos hasta que alcancé un explosivo orgasmo. Mis contracciones vaginales se manifestaron contrayendo los músculos para beneficio de él provocando que la penetración fuera por una cavidad más limitada y estrecha provocándole más placer. Alejandro lo expresó con gemidos prolongados hasta el momento pico de su derrame,  que me hizo identificar fácilmente. Sin soltarme las nalgas, hizo unos últimos movimientos de mi cuerpo contra su sexo hasta regresar a la realidad de ese viaje extático en el que se fue por un rato. Me miró con simpatía, me preguntó si yo me sentía complacida para entonces bajarme. “Me hiciste sentir como una reina en las alturas”-le respondí jocosamente y le di un beso en los labios. “Ya me puedes bajar”-añadí. Me bajo con cuidado y me sostuve de sus brazos en lo que mis piernas recuperaban movimiento, ¡me temblaban como gelatina! “Eso se te pasa, camina un poco”-me dijo. “Voy a buscar unas cervezas”-le dije. Traje unas botellas, una toalla para cubrirme y su paga. Alejandro ya se estaba vistiendo y se guardó el dinero el bolsillo.

“¿Regresas en un mes?”-le pregunté. “Si tu quieres”-respondió. “Te puedo dejar las llaves de acceso al patio y no tendrías que esperar por mi para empezar a trabajar”-le dije con inocencia. Alejandro se me acercó, me acarició el rostro con el revés de la mano y respondió: “Yo preferiría que tu estuvieras aquí”. Sonreí y le dije: “esta bien, aquí estaré, me llamas primero.” Y chocamos nuestras botellas de cerveza cerrando el pacto…

Alejandro había terminado su tarea y se despidió de mi con un abrazo. Era sorprendente como aquel hombre tan corpulento, con manos gigantescas, hermosos ojos amarillos y su sensual piel morena fuera tan dócil, agradable y complaciente. Daba la impresión de ser un hombre osco y rudo, y en realidad sí lo era en su trabajo. Demostró su fuerza en la faena y cargándome en sus caderas.

Ya en la acera, casi para partir me preguntó: “¿Quieres que me lleve la basura o la dejo aquí?” Yo le respondí con agradecimiento y serenidad: “no, no te molestes la puedes dejar, mañana pasa el camión de la basura” …y añadí en mi pensamiento: “otro de 'mis amigos' se encargará de llevársela…”

Artemisa©


4 comentarios:

Artemisa dijo...

Mis chicas me sorprenden cada dia mas... Esta "reina de las alturas" propicio un momento intimo para celebrar la tala del pasto salvaje en el patio de su casa, mañana celebrara la recogida del pasto con su amigo el recogedor de basura... me imagino que con un cafe en vez de una cerveza... Artemisa nunca habia presentado a una de sus chicas exponerse y compartirse con mas de un hombre, es un experimento, los tiempos cambias tan rapido como la tecnologia...

Kcfeo dijo...

"Reina en las alturas" ?? Que tal "Gloria en las alturas" y yo le añadiría "y paz en la tierra para las damas de tan buena voluntad".
Se dice que el que solo se ríe de sus maldades se acuerda.
Yo diría que cuando solo me rió de mis Reinas me acuerdo.
Dichoso aquel que haya sido tocado por una reina, sea en la tierra como en las alturas.
Una gran sonrisa se me dibuja en mi rostro y una gran curiosidad se me despierta en mi ser de solo pensar en el momento en que llegue la brigada del recogido de basura

Anónimo dijo...

Impresionante y realmente erótico como, como por dejarse llevar se alcanza tanto placer y plenitud...

Anónimo dijo...

Emocionante, tanto erotismo, tanto placer, me encantan tus historias, pude imaginarme cada uno de sus líneas y los disfrute tanto