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CITA A CIEGAS

Como víctima del exceso de trabajo me era escaso el tiempo para divertirme. Ya había perdido la cuenta de cuándo había sido la última vez que había salido a tomar unos tragos y pasar una velada intensa con un hombre. Me mortificaba mi distancia de la sociedad pero era inevitable mi encierro pues trabajaba demasiadas horas.

Había solicitado vacaciones y me fueron aprobadas rápido así que llamé a una amiga para que me arreglara una cita con cualquiera de sus amigos. “Necesito distraerme, entretenerme, pasarla bien, me hace falta salir de la rutina…”-le dije. Mi amiga era espectacular, me complacía, me mimaba. Más tarde me llamó y me preguntó: “¿Vas a estar disponible mañana en la noche?” “Seguro que sí”-le respondí. “Te llamo en un par de horas”-me dijo y nos despedimos no sin antes darle las gracias por su esfuerzo en complacerme.


Mi amiga me confirmó una cita a ciegas con el hermano de su cuñada. “¡Pero que has hecho mujer, una cita a ciegas!”-exclamé sorprendida. “No te preocupes, lo conozco, es un hombre bueno, de buenos principios y con una personalidad encantadora, te va a simpatizar”-me respondió mi amiga. Y le respondí: “¿Personalidad encantadora?, eso no suena bien, debe ser feo”. Mi amiga insistió que me agradaría y me dio los detalles de la cita; “vamos a compartir todos un rato en su departamento, ya verás, es muy agradable, lo vas a pasar bien…”

Me preparé y me presenté a su departamento. Titubeé antes de tocar el timbre y hasta sentí deseos de regresarme a casa, pero no perdía nada con conocerlo… Llegué a su piso y me esperaba en la puerta del elevador. Se presentó muy cortésmente, “Buenas noches, bienvenida, soy Antonio”. “Encantada de conocerte Antonio”-le respondí, “yo soy Mirna”-añadí. Me invitó a pasar a su departamento y me sorprendió no encontrar a nadie más allí. “Parece que fui la primera en llegar, ¿llegué muy temprano?-le pregunté. “No, tu eres la única invitada”. Mi primer pensamiento fue buscar a mi amiga y reclamarle, pero ya no me podía escapar. La verdad era fácil de mirar, fue cortés al recibirme, “…A ver que tal me va…”-pensé.

Me invitó a un trago y lo acompañé mientras lo preparaba. Tenía un pequeño bar y nos sentamos allí a conversar. Era ameno, inteligente y con buen sentido del humor. En poco tiempo me sentí cómoda y a gusto, a tal grado que le pregunté si me podía quitar los zapatos. “¡Claro que sí!, yo también me voy a quitar los míos.-comentó. El alcohol me hizo transpirar y me quité el cárdigan que llevaba puesto y me abrí un botón de la blusa exponiendo parte de mis pechos y mi sostén. “Ponte cómoda, quítate todo lo que te moleste”-comentó. “Ya estoy más cómoda”-le respondí. “Pues yo me voy a quitar la correa”-añadió. Además se subió las mangas de camisa, se quitó la corbata y se abrió varios botones de la camisa. Yo le sonreí pero a la vez pretendía no prestarle mucha atención a su remoción de vestimenta y piezas…

Se sentó a mi lado en el sofá y continuamos la charla. Según conversábamos me fui escurriendo hacia el brazo del sofá hasta que acomodé un cojín y me recosté por completo. Tenía las piernas torcidas y para sentirme más cómoda las extendí sobre sus piernas y continuamos intercambiando palabras. El pobre Antonio ya no tenía donde acomodar sus manos y sufrió un rato buscando dónde acomodarlas. Yo lo observaba y no le decía nada, finalmente las posó sobre mis piernas, que era precisamente lo que yo esperando…

Ya estábamos más relajados, más en confianza, ya nos habíamos tomado varios tragos y me excusé para ir al baño. Cuando me estaba levantando malintencionadamente le rocé el sexo con una de mis piernas. Cuando me senté antes de levantarme me le acerqué a los labios muy provocativamente bajando la vista para que pareciera casualidad. Sentía su mirada y con la maldad de persuadirlo también lo ignoré. Me indicó dónde estaba el baño y a la mitad del camino me preguntó si me servía otro trago. Le respondí que sí y seguí hasta el baño sacudiendo mi caderas. Cuando llegué a la entrada del pasillo me detuve y lo miré con la intención de atraparlo mirándome el trasero y efectivamente; lo atrapé con la mirada perdida en mi cuerpo, con la boca abierta y en un literal trance.  Me sonreí y seguí hasta el baño.

Cuando regresé a donde estaba Antonio, éste ya me esperaba sentado en el sofá con el trago listo. Era obvio que me trataba de embriagar pues el color intenso de la bebida que me sirvió lo delataba. “Ja, ja, ja, no necesita embriagarme para tenerme”-pensé. Para no tomarme el trago le dije que se pusiera de pie y bailáramos un poco, “¡me gusta esa música!, ¿de quién es?-le dije y caminé hacia su equipo de sonido para mirar la carcasa del disco compacto. Esperaba que se me acercara y me tomara por la espalda pero me dejó esperando. Desde el área del bar me respondió de quién era la música y cuando me volteé hacia él tenía en sus manos un pedazo de tela. “¿Quieres jugar un juego conmigo?”-me preguntó. Me le acerqué, tomé un sorbo del trago que me había preparado y le pregunté: “¿Y que juego es ese?”. “Nos vendamos los ojos uno al otro, ya vendados nos desvestimos y con los cuatro sentidos restantes nos conocemos mejor”-me explicó. “No tienes que jugarlo si no lo deseas”-añadió con expresión de preocupación. Me limité a observarlo por unos instantes con una pícara media sonrisa y me le acerqué, le tomé una de las vendas de la mano y me paré detrás de él para acomodársela sobre los ojos. “¿Ves algo?”-le pregunté. “No, no veo nada”-respondió. “Ayúdame a ponerte la tuya”-añadió. Me paré frente a él, me la amarró sobre los ojos y me desvestí. “Ya estoy lista”-le dije. Hizo una pausa y me dijo: “Yo también”. “¿Y ahora?”-le pregunté. Me respondió: “Extiende las manos para encontrarte y caminemos un poco a tu derecha para no tropezar con nada”. Extendí las manos, nos re localizamos y le pregunté: “¿Lo hacemos los dos a la vez o vamos a tomar turnos?”. “¿Qué prefieres?”-me preguntó. “Empieza tú, tú propusiste el juego, enséñame a jugarlo”. “Muy bien, yo empiezo”-respondió…

Antonio me buscó con sus manos y comenzó el “juego”…

§       Me acarició el cabello, lo olfateó, comentó que le gustaba el olor a frutas de mi champú, su suavidad y abundancia.
§       Me sintió las orejas y comentó que eran pequeñas (tamaño del que me sentía a gusto)
§       Me acarició el cuello completo. Olió mi perfume y también comentó que le gustaba la fragancia. Se me acercó tanto hasta rozarme la piel con los labios…
§       Me marcó el contorno de los hombros y de los brazos con sus dedos, me apretó la piel y me dijo: “tu piel es suave” y llegó hasta mis manos.
§       Tomó una de mis manos y la dejó descansar sobre su puño para lamerme la punta de los dedos, luego entrelazó nuestros dedos y con la piel de mi mano se acarició las mejillas.
§       Me acercó a su cuerpo y me acarició el pecho con la nariz a la vez que aspiraba mi fragancia.
§       Me soltó la mano y deslizó con suavidad sus dedos por mi pecho. Llegó a los senos los cuales acarició, los sostuvo y uno a uno me lamió los pezones, los pinchó entre los labios y los besó.
§       Acarició mi vientre, besó mi ombligo y siguió bajando.
§       Llegó a mi pubis y aspiró profundamente, me pasó la lengua por la abertura de los labios vaginales y se relamió.
§       Acarició mis muslos, mis piernas y volvió a comentar que mi piel era suave.

Antonio terminó la exploración de mi cuerpo. Ésta era una dinámica que nunca yo había practicado, pero me estaba gustando. Como lógicamente la fisonomía masculina es distinta a la femenina, yo podía tomar ventaja de su cuerpo. Las sensaciones eran una mezcla de suspenso y gusto difíciles de explicar, un calentamiento, un juego previo al sexo que me parecía, además de interesante, intenso….

Llegó mi turno…
§       Lo tomé por cabello y le pegué su frente a la mía lo despeiné mientras rozaba mi nariz con la suya. En algún momento nuestros labios se rozaron, estábamos vendados, era imposible controlar cada movimiento con exactitud. Le pasé los dedos desde la nuca hasta la coronilla y seguí hasta la cara frotándole los labios hasta llegar de nuevo al cuello.
§       Le acaricié el pecho con suavidad. Sentí sus tetillas y se las pellizqué, luego las presioné entre los labios y se las lamí.
§       Para no imitar sus movimientos, lo volteé de espaldas a mi y le acaricié la espalda. Sentí sus músculos, la dimensión de su espalda, sus costados… Llevé las manos hasta su pecho y lo seguí acariciando hasta llegar a su cintura, pero cambié a su lado posterior y le acaricié las nalgas y la parte lateral de los muslos. Mi intensión era hacerle sentir el mismo suspenso y despertarle el mismo deseo que él me había despertado a mí…
§       De sus muslos pasé a sus bien formadas piernas –según palpé- y seguí subiendo rozando suavemente con mis dedos la parte interior de sus muslos y paré. Me puse de pie, lo abracé por la espalda y ya habiéndome erotizado lo suficiente por acariciarlo disfrutado de su encantadora fragancia y sentido todo su cuerpo, del abrazo partí a acariciarle el sexo.
§       Comencé acercándomele despacio por el área de la ingle y lo acaricié un ratito, llegué hasta sus testículos muy bien rasurados, suaves, firmes y los alternaba de mano en mano. Circulé el área de su miembro y desde arriba comencé a acercarme a su tesoro más preciado. Aterricé las manos en la bese de su pene para marcarlo con liviana presión desde la raíz dentro de su piel.
§       Con los dedos en forma de anillo, sostuve la base de su miembro y le hice un poco de presión. Sentía como la piel le cambiaba de textura por mis acercamientos y ademanes.
§       Con suaves caricias avancé por la extensión de su sexo sin sujetarlo, con la mano abierta suavemente rozando su piel. Obvié de momento la cabeza de su miembro.
§       La ansiedad sexual de Antonio aumentaba. Buscó hacia atrás mi entrepierna y alejé mis caderas. Quería completar mi sesión de estímulo y quería yo controlar la aventura.
§       Continué acariciando su sexo con suavidad. Su erección era completa y en un momento deslicé mi mano suavemente hasta la punta de su miembro y me encontré con gotas de fluido. Ya Antonio estaba más que listo para continuar con el acto pero no me iba a rendir tan rápido. Preferí continuar con mis caricias y tanteos en su cuerpo para elevar aún más su nivel de excitación. Sentía su desesperación a través de su respiración. Continuaba extendiendo su mano hacia atrás buscando mi entrepierna y se la negaba sin decir palabras. Yo escogería cuándo sería el momento oportuno. Al fin y al cabo fue él el que inventó este juego, pues acepté jugarlo, pero ahora tendría que esperar…
§       Me mantuve acariciando su sexo con simples toques. Con la punta del dedo marcaba la extensión de su erección y sólo con ese dedo le acariciaba la cabeza del miembro deslizándolo entre sus fluidos y rápidamente me despegaba. Su ansiedad por tocarme lo llevaron a elevar los brazos y enredar sus dedos en mi cabello, lo dejé, me gustó…
§       Acariciando su cuerpo con las puntitas de los dedos me fui moviendo hasta uno de sus costados y le enredé una pierna en la de él para rozar mi vagina contra su piel.
§       Le crucé una mano por entre medio de las nalgas de atrás hacia delante y le alcancé los testículos para acariciarlos y sujetarlos con suavidad.
§       Antonio no decía una sola palabra. Yo no entendía el por qué. Yo me mantuve en silencio igual que él, pero la idea del juego era usar sólo cuatro sentidos y estábamos omitiendo uno. Para hacer uso de esos cuatro completos le comencé a susurrar en el oído: “¿Te gusta sentirme así de cerca?” “Me gusta pero deseo tocarte”-respondió. “Ten paciencia, ya me tocarás…”-le dije. “¿Qué más deseas, dónde más quieres que te toque?-le pregunté. “Yo lo que deseo es sentirte, penetrarte, estar dentro de ti”-respondió. Ignoré sus deseos por un momento y me incliné frente a él para darle caricias con mi boca a su miembro baboso. Me acaricié toda la cara con él y me pasé la punta por los labios antes de insertármelo completo en la boca. “¡Pobre hombre, temblaba!”
§       Ya con él completo en mi boca Antonio se relajó y disfrutó de su presencia entre mis dientes, lengua, saliva y labios… Reclamó verme mientras le practicaba sexo oral y le dije que no, que todavía no se podía remover la banda de los ojos, que me diera unos segundos más. Me levanté, lo besé en los labios y le removí la tela que nos había alejado las miradas…

Nos besamos un rato más y le pregunté: “¿Me deseas, me tienes ganas?” “Muchas ganas Mirna, ¿Cuánto más me vas a torturar?”-preguntó. Yo me limité a sonreír y me lo tragué a besos. Esta vez le acaricié el cuerpo y me imitó. Le tomé las manos y se las llevé a mis senos, dirigía cada uno de sus movimientos, yo quería mantener el control todo el tiempo y se me hacía muy fácil con él. Cuando lo deseé le tomé una mano y se la llevé a mi entrepierna. Ya yo destilaba jugos de pasión y Antonio insistió en probarlos. “¡Claro que sí!”-le dije, “pero aquí”-añadí mismo. Hizo un gesto de sorpresa. Le señalé con el dedo que se me acercara y luego que se bajara, le puse un pie sobre el hombro y lo dejé degustarme. Me lo quería hacer todo a la vez, me lamía, me rozaba el clítoris con los dedos, me los introducía…. Me inundó de deseo, me arroparon las ganas de sentirlo dentro de mi cuerpo, lo tomé por el pelo para despegarlo y lo hice levantarse. Me paré con la espalda contra su pecho y le pedí que ubicara su miembro donde más le gustara. Era obvio que iría directamente entre mis nalgas. Yo estaba muy mojada y su sexo se deslizaba con suavidad entre mis piernas y de vez en cuando tocaba puntos estratégicos que me provocaban desearlo más. Nos movíamos los dos pegando un cuerpo contra otro, me doblé por la cintura, le sostuve el miembro y lo conduje hasta penetrarme. ¡Qué sensación más sabrosa! Tan pronto entró me cortó el aire y Antonio soltó un lamento de placer. Continué moviendo las caderas contra su cuerpo. Me sujetaba la piel con fuerza para no dejarme escapar.

Teníamos un butacón cerca detrás de él y lo hice dar unos pasos hacia atrás y le pedí que se sentara. Su sexo permanecía dentro de mi cuerpo y sentada sobre sus piernas me disfruté del sube y baja de mi cuerpo contra sus caderas. “Pero te quiero tocar, te quiero mirar, te quiero besar…”-me dijo. Di media vuelta y ya me tenía accesible para tocarme, mirarme y besarme… Me esmeraba y me satisfacía rozar mi sexo contra el suyo, hasta que me dijo: “Levántate”-me levanté, ahora acomódate en la silla sobre la espalda; eso hice. Me elevó las piernas casi hasta la cabeza y con mi sexo totalmente expuesto me penetró despacio pero con firmeza. Su entrada le fue muy placentera y lo demostró con quejidos y lamentos. Yo prácticamente contorsionada en aquella silla también lo disfrutaba. Antonio tenía prisa por terminar, había aguantado bastante y sus movimientos lo demostraban. “Termina en mi boca que yo voy a terminar en la tuya”-le dije.

Antonio se esmeró en disfrutarse hasta el último segundo previo a su eyaculación y con ligereza se acomodó entre mis piernas, las cuales bajó para que me depositara su miembro en la boca. Antonio no sólo me lo llevó a la boca, también me la penetraba con movimientos de un suave vaivén. Afirmé los labios contra su miembro para no dejar escapar ni una gota de su rico final. Lo drené completo, le succioné la última gota hasta que sintió cosquillas. Ya relajado y algo aturdido le indiqué se sentara en la silla, me paré frente a él, levanté una pierna sobre uno de los brazos de la silla y me separé los labios vaginales para exponer todas los detalles de mi sexo que quería que probara y se tragara. Me colocó la lengua sobre la piel interior y rocé mi clítoris contra ella hasta alcanzar un orgasmo. Lo separé con rudeza de mi cuerpo porque ya sus estímulos no eran necesarios y me sacudí con gusto dejando salir toda esa corriente provocada por un orgasmo.

Nos tomamos de las manos, él sentado, yo de pie y haló para que me acomodara en su falda. Me acomodé de lado, lo abracé y me acurruqué en su pecho. Antonio me arropó con sus brazos como a una pequeña niña e indefensa. Me aferró a su cuerpo y me apretó con fuerza, me besó en la frente y me preguntó: “Supiste manejar el juego muy bien, me torturaste, me hiciste sufrir de ganas, lo hiciste mejor de lo que yo esperaba…”-exclamó. “¿Tu habías practicado esta dinámica anteriormente?”-me preguntó. “No, nunca”-respondí. “¿Te gustó?”-me preguntó. Le respondí: “Sí, me gustó, ¿Qué más te gustaría jugar…?”

Artemisa©


1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi escritora fantasma, esa historia esta brutal. Muy bien escrita, muy detallada y con un gusto excelente