Un conocido se convirtió en amigo; ese amigo se convirtió en servidor.
Esquiva de las relaciones comprometedoras, amante de la libertad y soltería me relacioné con Oscar. Oscar sabía que no tenía intensiones de llevar nuestra interacción a otro nivel y claramente, a raíz de un prolongado diálogo entendimos que seríamos un refugio y desahogo mutuo. Eso se resume en palabras más claras a que nos compartíamos físicamente cuando la necesidad lo apelara, pero cada cual llevaría una vida libre… Como Oscar mejor lo presentó fue diciéndome: “Cuando el agua corre por la piel se siente, pero si se trata de agarrar se escapa entre los dedos”. Decidimos ser el agua del otro, en libertad, en independencia, en complacencia; amigos con privilegios.
No nos imponíamos, ni planificábamos, improvisábamos y si al primer ademán el otro no respondía, se entendía que en ese momento no existían ganas y aprendimos a entendernos hasta por el tono de voz, con una mirada, con una llamada sin tema alguno que discutir, sin embargo también sabíamos ser explícitos y solicitar “trato especial” cuando a alguno de los dos le apeteciera. Es complicado pero simple a la vez. Era una complicidad cómoda, práctica, útil y en confianza. Antes de buscar en la calle un individuo, hombre o mujer según cada cual, desconocido para calmar el apetito sexual, preferíamos utilizarnos, sí leíste bien, u t i l i z a r n o s y sobrevivir, siempre satisfechos, siempre libres…
A lo mejor te preguntas ¿y por qué así si parecen entenderse tan bien? Fácil, te repito, no estábamos preparados para comprometernos en una relación seria, nos gustábamos, nos simpatizábamos, éramos muy afines, pero ambos éramos egoístas a la hora de sacrificar nuestro limitado espacio personal con una relación o figura que sufriría por falta de atención. Ambos coincidíamos en trabajar para empresas que requerían viajar frecuentemente, no en la misma, pero en posiciones similares. Nos conocimos en una convención y descubrimos ser residentes del mismo pueblo. Intercambiamos información personal e hicimos amistad. Y ya sabes lo de nuestro acuerdo…
Oscar era un hombre que gozaba de mucha creatividad, originalidad, fogosidad y de algún lugar secreto sacaba cada ocurrencia… Siempre me sorprendía con algo nuevo y esa novedad era la que contribuía a mantenernos unidos. Él me contaba que no había tenido mucha suerte con las mujeres porque cada vez que les presentaba una manera inusual de compartir íntimamente, muchas de ellas preferían no arriesgarse y lo abandonaban. Yo amaba el peligro, los riesgos, los retos, las nuevas experiencias y como decía Oscar: “otras dimensiones”. No nos drogábamos para practicar nuestros eventos sexuales, apenas consumíamos alcohol. Éramos personas sanas, saludables, bien trabajadoras con escaso tiempo para vivir la vida. En ocasiones supimos tomarnos la hora de almuerzo, siempre a deshoras para tener una sesión de sexo fugaz y continuar con nuestras arduas tareas. Complacernos se nos hacía fácil, éramos muy compatibles sexualmente y nos tratábamos con respeto, afecto y cordialidad. Ninguno de los dos tenía muchos amigos, carecíamos de tiempo.
Terminamos la charla en conformidad y satisfacción con nuestro acuerdo, muy serio para nosotros y al cual habíamos prometido lealtad.
Me cambié de silla y me acerqué a Oscar para besarlo, me respondió con caricias y nos tomamos el tiempo de despertarnos las ganas. Me trepé sobre sus piernas de frente a él y aún con ropa hicimos contacto con nuestros sexos. ¿Qué tienes en tu repertorio para hoy?”-le pregunté. Le floreció una sonrisa en el rostro y me preguntó: “¿Has hecho el amor en el agua?” Lo miré a los ojos, marqué una sonrisa en los labios y sacudí levemente mi cabeza a ambos lados. Me levantó en brazos, me bajó al suelo, me tomó de la mano y me dijo: “Pues hoy lo vas a experimentar…”
Se puso un traje baño y me puso una camiseta suya sobre mi ropa interior, agarró unas toallas, me tomó de la mano, tomamos el elevador y llegamos hasta la piscina del edificio. Nos sentamos un rato a conversar y durante la charla nos acariciábamos para mantener el deseo vivo. Esos sencillos contactos de sentir la piel del otro erotizan de una manera mágica, eran una invitación al sexo y el deseo de besarnos nos invadió y nos fuimos acercando hasta unir nuestros labios.
Estábamos sentados en la misma silla algo apretaditos, pero compartíamos calor. Me echó el brazo por los hombros y me sobaba la piel del hombro. Yo le puse la mano sobre el muslo y le acariciaba sus vellos muslos. Me acomodé de lado para recostarme en su pecho y poder mirarlo. Él hablaba como loro mientras me derretían de las ganas de que ya fuéramos al agua. Con el paso del tiempo y luego de vivir varias experiencias sexuales salvajes con Oscar había aprendido que no podía ser presionado, tenía la maldad de dejarme esperar hasta que todo mi cuerpo latiera de deseo y le pidiera tomarme. Quizás yo era más fácil que él, pero ya estaba acostumbrada a su método y aunque en momentos lo deseara desenfrenadamente, él no podía ser presionado, las cosas sucedían cuando él estuviera listo y muy astutamente me preparaba para el momento. Yo lo acepté así, me domesticó, me adapté. Me desesperara o no, la realidad era que me lo disfrutaba todo con él y me complacía de principio a fin. En la intimidad era muy dadivoso y generoso conmigo, yo siempre esperaba ese “ven acá” tan simpático y particular suyo para comenzar un encuentro fogoso.
Me gustaba el agua y nadar, no necesariamente en la noche y mucho menos en un lugar público, pero estaba con Oscar y en nuestras aventuras no existían los límites. Sabía que el agua estaría fría pero ya atendería mi resfriado...
Juntos en la silla mantuvimos una prolongada sesión de besos y caricias en la piel. Oscar me quitó la camiseta y empecé a sentir frío, temperatura que provocaba que mis pezones lo reflejaran arrugándose y endureciéndose. Oscar ya conocía bien mi cuerpo y me cubrió los senos con las manos. Metió las manos dentro del sostén y me los acariciaba, calentaba y apretaba. Su erección se hizo notable y le acaricié el pene, primero por encima del bañador y luego le abrí el velcro y lo sentí piel a piel. Me pidió que me sentara sobre sus piernas he hicimos mejor contacto sexo con sexo. Me seguía acariciando los senos y yo movía mis caderas para sentirlo en la entrepierna. Oscar me acarició los brazos y me preguntó: “¿tienes mucho frío, verdad?” Y con voz temblorosa le respondí que sí. “Vamos al agua”, me dijo y añadió: “ahí te vas a calentar.” Era de noche, el área estaba inhóspita, sólo nos alumbraban las luces de la piscina…
Nuestras relaciones sexuales eran muy satisfactorias y completas. Nos expresábamos hasta vaciar los pulmones si el placer nos obligaba. Esta noche me preocupaba un poco gemir o gritar muy alto ya que nos podría traer consecuencias; los vecinos se podían quejar, llamarnos la atención o hasta la policía por exposiciones deshonestas, pero estaba con Oscar que era el maestro del ingenio y siempre encontraba una solución a todo…
Caminamos al área llana de la piscina y entramos al agua. Oscar me dijo que me sentara en las escaleras de loza que estaban dentro del agua. “Esto va a ser fácil”-pensé por un instante, pero la realidad de Oscar era hacerlo todo de manera inusual. Oscar nadó un poco y decidí acompañarlo para entrar en calor. Nadamos varios lapsos y regresé a sentarme en las escaleras. Se me acercó y me besó. Me fue halando hacia él y me enganchó sobre sus caderas, me le aferré al cuerpo como un chimpancé bebé que buscar la seguridad y protección de su madre. Así mismo se fue acercando a uno de los extremos de la piscina y me pegó contra la pared. Me fue soltando las piernas para acomodar nuestros sexos en contacto. Me sostenía por las caderas y con fuerza me las movía para rozar su miembro contra mi vagina hasta que me soltó. Me quedé pegada contra la pared y Oscar se sumergió y me quitó el bikini con los dientes. Cuando salió del agua se lo puso en la cabeza. Se me acercó de nuevo y metió sus manos en mi entrepierna, me introdujo los dedos en el conducto de amor y cerré los ojos mientras me quitaba el sostén. Cuando los volví a abrir ya Oscar estaba entrando al agua y se dirigió a mi vagina para acariciarla con la lengua. Me separó las piernas, se sentó entre ellas con la espalda contra la pared y me la siguió acariciando. Lógicamente el tiempo para caricias orales debajo del agua era limitado, pero ya había vuelto a activar mis deseos. Salió del agua y me acarició la vagina con los dedos. Yo poco a poco fui rotando hasta ubicarlo contra la pared y él mismo se quitó el traje baño. Lo besé brevemente y entré al agua para lamerle el miembro. Aún siendo su erección muy sólida, se le movía con el vaivén del agua según yo la agitaba para llegar hasta él.
Ya bien localizada le lamí y succioné el miembro, le sujeté los testículos y el muy juguetón de Oscar flotaba y volvía a tocar el fondo para hacérmelo más complicado, ¡como si ya no lo fuera! Lo complací hasta que no aguanté más y salí a la superficie para salpicarle agua en la cara por mortificarme. Él ya me esperaba con una sonrisa porque sabía cuál sería mi reacción, nos reímos nos abrazamos y nos besamos muy apretados. Buscó mis piernas y me las volvió a enganchar en sus caderas, dio media vuelta conmigo colgada del cuello y me puso contra la pared. Oscar era considerablemente más alto que yo pero encontró la manera de alcanzar mi vagina y me penetró. Me sujeté del borde de la piscina para afirmar mi cuerpo pero me soltó las manos y me las puso sobre su cuerpo. De la manera más salvaje que pudo, considerando la lentitud de los movimientos en el agua, me tomó por las caderas y me impactaba contra su miembro. Él no se movía, me movía a mí . Sabiendo que en nuestros encuentros de complacencia hacíamos de todo, entendía que ese no sería el final…
Aferrada a su cuerpo lo lamí y lo mordí duro hasta que sintió dolor. Me soltó, pero me dejó enganchada en su miembro. Me acerqué más al borde de la piscina y con las piernas lo atrapé y me provoqué una fuerte penetración. Gemíamos en voz baja, casi en un murmullo, para limitar nuestro encuentro a algo sólo nuestro. “Respira profundo que vas para abajo. Vas de cabeza”-me dijo. Tomé una buena bocanada de aire, entré al agua, me sostuve sobre las manos y Oscar me sujetó por las piernas, me haló hasta que mi boca alcanzara su pene y me hizo enganchar las piernas sobre sus hombros. Me empujaba la cabeza contra su miembro para alcanzar una penetración oral profunda hasta que la falta de aire me venció y regresé a la superficie.
La piscina tenía una cascada y Oscar me llevó hasta ella. Entre rocas lisas y resbalosas me pidió sentarme en la más alta que medía unos 3 pies de alto (aproximadamente 1 metro) se ñangotó frente a mi entrepierna y me lamió todos los rincones de la vagina. Demasiado excitada para dejarlo ir le sostuve la cabeza contra mi sexo para disfrutármelo hasta completar un orgasmo y que no se escapara. Ya nos conocíamos bien y él entendió el mensaje. Me acariciaba con la lengua y los labios por todo mi sexo, los gemidos no se hicieron esperar y se escondían en el ruido del agua. Agité las caderas con frenesí porque ya el deseo era muy intenso, estaba cada vez más cerca de un sabroso orgasmo y Oscar aceleró sus movimientos según el ritmo de mis caderas hasta que reventé de placer alcanzando un clímax riquísimo y deseado. Temblé intensamente por una mezcla de placer y frío. Me dio besitos en la parte interior de los muslos hasta que entendió que ya estaba totalmente complacida. Se levantó y me dijo: “ven acá”. Cada vez que me lo decía me provocaba sonreír automáticamente, me parecía simpatiquísimo porque lo decía de una manera bien particular. Nos abrazamos brevemente y lo seguí.
Regresamos a las escaleras de loza en la parte llana de la piscina. Me pidió sentarme en el escalón del medio para que la mitad de mi cuerpo quedara dentro del agua. Primero se me paró al frente y me puso el pene en los labios, se lo besé, lamí y cubrí con mi boca para mantenerlo erguido y listo para la batalla. Le agarré los testículos y se los apreté muy suavemente, le gustaba que se los manoseara y me gustaba complacerlo. Ya listo, muy cerca de explotar se separó de mi boca, le faltaba muy poco porque llegué a sentir una corriente burbujeante en su miembro, sensación que yo ya conocía como previa a alcanzar su clímax. Oscar era fuerte y aguantaba hasta lo último para completar su orgasmo dentro de mi cuerpo. Se acomodó en el agua para penetrarme y lo hizo sin piedad como de costumbre, como nos gustaba. Se movió con fuerza y rapidez pero hacía breves pausas, era hábil y jugaba con ese último instante con mucha destreza hasta que le dije: “Complácete, desbórdate en mi cuerpo, dámelo todo, ¡dámelo ya!” Y muy obedientemente me saturó con su sexo y en el pico del momento exclamó un fuerte grito de placer. “¡Eso Oscar! Derrama tus jugos en mí, entrégate”-le dije. Se me acercó a la boca y ferozmente me lamió los labios, rozó su lengua con la mía y terminó dándome muchos besos en los labios. Yo le sonreía. Siempre me besaba de esa manera después de completar un encuentro íntimo. Dentro de nuestras variadas y impredecibles maneras de satisfacernos, ese beso ya lo esperaba. Me gustaba porque me hacía entender que estaba complacido.
Era hora de desaparecernos. Llevábamos mucho tiempo allí, teníamos frío, era bastante tarde y habíamos hecho mucho ruido. Salimos del agua, Oscar recogió las pocas piezas de ropa con las que habíamos llegado, nos cubrimos con toallas y nos dirigimos al vestíbulo del edificio para tomar el elevador de regreso a su departamento. Entrando al elevador escuché un ruido detrás de nosotros, miré por encima del hombro y era el botones. “Nos debe haber visto”-pensé. Entré al elevador, me paré justo en el medio muy cerca de la puerta, Oscar marcaba el piso con su llave y según comenzaron a cerrar las puertas levanté la vista y le hice un guiño; de esa manera le agradecí no habernos interrumpido…
Artemisa©
*Agradecimiento especial a mis amigos RG, FS y FR por su aportación para el desarrollo de esta historia.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario