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SABOR A CHOCOLATE

Tuve la dicha de nacer de piel morena, vivía orgullosa de mi color y mis raíces. No les puedo hablar con exactitud de mis orígenes pues nunca conocí a mi padre. Mi madre me contaba que él era de descendencia cubana; ella es puertorriqueña, equivalente a una mezcla de indios, africanos, españoles y a saber qué cuantas razas más traía yo en la sangre… Yo le decía a mi madre que le debía mi cabello negro, lacio y brilloso a los indios, mis voluptuosos pechos y definidas caderas a los hermanos africanos y mis labios finos a los españoles. Yo me sentía como un mosaico de razas pero orgullosa y feliz de llevar mi negrura con la frente en alto, gracias a una noche de fuego y pasión de estos dos seres a quienes llamaba padres. Uno desconocido, la otra abnegada y comprometida con la crianza y educación de su niña, con sacrificios y sola me apoyó económicamente durante toda mi carrera y gracias a ella y a mis largas noches de estudio, había llegado donde estaba.  Llevaba con orgullo mi título de Abogada y con más honra el de Directora de Fiscales en el Tribunal Superior.


Nunca me casé. No puedo decir que no tuviera suerte en el amor, simplemente no me interesé en mantener una relación a largo plazo o tan seria como llevarla al altar. Tuve parejas a lo largo de mi vida, hombres que en su momento me hicieron feliz, pero eventualmente no me soportaban por mi compromiso con el trabajo y mi disciplina personal. Soy muy estricta, rígida y organizada. No permitía que nadie llegara a mi espacio, lo invadiera y lo hiciera suyo. Reconociendo que mis criterios de vida eran tan altos y tan difíciles para aceptar por los hombres, decidí vivir sola y feliz en mi sitio y a mi gusto. Eso no mermaba el apetito por disfrutar de placeres físicos, pero sí me los limitaba en cierta medida por la imagen que me veía obligada a mantener por mi trabajo.

A mis 45 años me destacaba como capacitadora de estudiantes de derecho[1] como parte de su práctica, siendo éste un requisito indispensable para completar su carrera. En esta ocasión me habían asignado tres mujeres y dos hombres. Las mujeres ya yo las podía graduar. Estaban tan limitadas y comprometidas al sistema de justicia que hasta de moda debatían como si fue un juicio justo el vestir de falta o pantalón. No las podía sufrir más, aún así, como era parte de mi trabajo las educaba como mejor estuviera a mi alcance e ignoraba sus debates por quién poseía el mejor conocimiento en la alta costura, marcas y otras boberías.

Los hombres eran más sensatos, mejor enfocados y con deseos genuinos de aprender sin competir. No se conocían entre sí. Uno de ellos, si hubiese estada a mi alcance, lo hubiese graduado también y lo hubiese asignado a postular. Poseía una visión genial para analizar y entender los protocolos legales y escudriñar cada detalle en busca de evidencia y respuestas. Sin embargo, el otro era menos aplicado, eso sí, muy listo. Nació con el don de la inteligencia y no tenía que pasar mucho trabajo para entender los sistemas. Sabía llegar a conclusiones sin sudar las “x” y “y” de la geometría del caso. Además de ser brillante era coqueto, en ocasiones sé que me miraba como hombre y no como aprendiz. Mi trabajo requería de una postura y rectitud intachables, por lo que me limité a ignorar los mensajes que me enviaba con la mirada. En algún momento, persuadida por sus encantos y mi sed por la aventura me llegué a preguntar horrorizada: “¿Qué hago pensando en él y sus miradas?” ¡Con poco menos podría ser mi hijo!

Regresé a mis tareas laborales con el grupo de práctica y luego de aclararles varias dudas sobre el caso que estábamos trabajando los despedí hasta el próximo día. Una vez los despedí me concentré en la transcripción de mis notas. Salieron todos de la oficina y el licenciado, el señor Luis Sotomayor se quedó. Levanté la vista y le pregunté: “¿Le puedo ayudar, tiene alguna otra pregunta licenciado?”. El licenciado no respondió, se sentó en una de las sillas y me miraba con una sonrisa pícara, malévola y lujuriosa. Sabía que me observaba el cuerpo, específicamente los senos. Ese suceso me produjo que se me erizara la piel, reacción que en mi cuerpo me causaba la erección y rigidez de los pezones rápidamente. Mis pezones, como negra al fin, eran gruesos y prominentes, cuando se erguían eran inevitablemente notables. Preferí no prestarle mucha atención al licenciado e insistí en preguntarle: “¿En qué le puedo ayudar licenciado?” y me puse de pie para buscar algo en el archivo. El licenciado Sotomayor se puso de pie, bajó la cabeza y sin perder su sonrisa sátira se me acercó, se sentó en la orilla de mi escritorio, entonces levantó la cabeza y me dijo: “Soy Luis” y me guiñó un ojo.” Sin medir más palabras me rozó un seno con la palma de la mano y con el pulgar me sintió el pezón. Yo no reaccioné de manera negativa. Verdaderamente me encantó su avance, pero tenía que disimular mis emociones y mi sed de contacto, “¿pero cómo?”-me pregunté despavorida.  

No podía negar mi satisfacción, pero me veía obligada a mantener la cordura y exigirle un respeto debido a que era imposible que pusiera en riesgo mi carrera. Necesitaba pensar rápido qué hacer. La puerta –aunque estaba cerrada- me exponía a de que mi secretaria entrara en cualquier momento o algún otro funcionario. Me le acerqué al cuerpo, le tomé la mano con la que me acarició, se la sujeté con fuerza y se la acerqué a mi entrepierna y le dije con autoridad: “Aquí no”, mirándolo fijamente a los ojos y refiriéndome a no hacerlo en mi oficina. El licenciado Sotomayor, bueno; Luis, me miró con expresión me pánico según me le acerqué e inocentemente y denotando inexperiencia en comparación con la mía se disculpó. Caminó hacia la puerta sin mediar una palabra, abrió la puerta pero se detuvo y me preguntó: “¿Y en dónde?”. “Arriesgado y persuasivo”-pensé. Caminé hacia él con pasos acelerados y expresión de ira en el rostro, cerré la puerta con ademán de furia y lo empujé contra ella, me pegué completamente a su cuerpo y le pregunté: “¿Qué quieres de mi?” Su respuesta fue: “La deseo licenciada” y lo interrumpí bruscamente y le dije: “Ana, continúa”. “Ana, te deseo. Me vuelves loco. Una mujer muy inteligente de quien he aprendido mucho de lo legal, pero más allá de lo que he aprendido de ti, he aprendido a admirarte. Eres una mujer hermosa, tu color chocolate me encanta, tus curvas me fascinan y tienes los pechos más sabrosos que he visto en mi vida. Te vistes con esas blusas de telas muy livianas con un sostenes de encaje que se marcan a través de tu ropa, pero me enciende el verte toda esa piel morena, satinada, de senos rellenos y cómo tus pezones se asoman sobre las telas para llamar mi atención”. Yo guardé silencio absoluto, tenía la capacidad de saber escuchar y quería percibir por el tono de su voz cuán cierto era su interés en mí y no por el mero hecho de ser calificado como satisfactorio para poder pasar mi evaluación final.

A través de los años había desarrollado muy bien la capacidad de saber escuchar e identificar quién mentía y quién no sin la necesidad de un polígrafo. Le pregunté a Luis: “¿Tu sabes lo que estás haciendo? Eres demasiado joven para poner lo que podría se tu carrera en alto riesgo.” Y el muy descarado me hizo cosquillas con su respuesta: “Estás tan sabrosa que me tomo el riesgo. Ya no puedo seguir fantaseando contigo. Cada vez que caminas por el pasillo de la corte me provocas unas erecciones que necesitan de ti para ser aliviadas. Ya nada me consuela, te deseo, necesito tenerte.” “¿Y te gustan mis senos?”-le pregunté con tono de ironía. “Me encantan, quisiera apretujarlos”-me respondió. Me le separé ligeramente del cuerpo y me solté los primeros botones de la blusa y le hice un gesto con la cabeza en señal de invitación a sentirlos. “Mmmmm son firmes, suaves”-murmuró. Hasta que alcanzó tocar mis pezones punzantes y pendientes a su contacto… Abrió los ojos con sorpresa y emitió un “Aaaahhh” tan profundo que hasta pensé había eyaculado por la intensidad de su gemido.

Yo lo estaba arriesgando todo por este principiante; principiante en todos los aspectos…. Pero a la misma vez me gustaba su carácter y perseverancia. Sus avances me complacieron como a toda mujer que se le halaga, más mi última experiencia sexual había sido hacía tanto tiempo que mi cuerpo necesitaba atención y más allá de mi posición, mi hambre y sed por caricias me gritaban desde el interior que accediera. Que paradoja, ¿cuándo, dónde, cómo?

Mientras Luis acariciaba mis pechos mi cuerpo daba señales satisfactorias y placenteras a sus caricias. Sentía en la entrepierna una humedad profunda que me provocaba mayores deseos por ser complacida. Él ya me tenía en sus manos, de mi dependía cuán lejos podíamos llegar. Seguía confundida para escoger un lugar donde expresarnos libremente y mi cuerpo seguía pidiendo más y la tensión sexual aumentaba. Luis fue tomando ventaja y terminó de abrir mi blusa para acariciarme ambos senos. Puso su cara entre ambos y aspiró profundamente mi perfume mientras continuaba acariciando mis pezones. Balbuceaba palabras que no entendía y entre esos balbuceos, más apretones y caricias me posó la mano sobre el trasero y me acercó a su cuerpo para conectarme con su agitado miembro. Mi vulnerabilidad imperaba y por más que quería evitar ese encuentro en mi oficina ya no tenía fuerzas para detenerlo. Me hacía sentir sabroso y mi autoridad desapareció como el humo. Ya Luis me devoraba el cuello a lengüetazos y yo apretaba mis labios para no gemir en alta voz y comprometerme.

Me esforcé por aclarar mi mente por unos segundos y llamé a mi secretaria para solicitarle que no me pasara llamadas ni visitas ya que me encontraba en medio de un estudio de caso y no aceptaba interrupciones. Le hice una señal a Luis para que le pusiera el cerrojo a la puerta y lo llamé con el dedo hasta el área de mi escritorio donde me encontraba. Según se me acercaba se iba quitando la chaqueta y soltándose la corbata. Lo tomé por el cuello de la camisa y lo besé con desesperación. Según nos besábamos me acariciaba todo el cuerpo. Ya mi blusa estaba abierta y me la quité, su curiosidad era tocarme los senos y entendiendo que como le gustaba el chocolate, lo dejé explorar mis atributos observándolo según se saboreaba cada vez que hacía contacto con ellos. Mis senos se podrían catalogar como bien grandes, redondos y aún para el peso que sostenían y mi edad, todavía se encontraban bien posicionados. Mis pezones, muy oscuros en base a mi color de piel, ocupaban una gran parte del frente de cada seno. Eran gruesos y la piel se tornaba rígida y arrugada a la menor provocación, ya fuera por frío o por cualquier tipo de contacto físico o hasta un comentario que me despertara los sentidos.

Según Luis se entretuvo con mis senos le fui acariciando el miembro, el cual fue responsivo y se mantuvo firme y sólido esperando por consuelo, según él mismo me lo había comentado hacía un rato. Las caricias entre ambos se fueron intensificando y constantemente le tenía que recordar que guardara silencio. Tenía la gran fortuna de que mi oficina no tenía ventanas, estaba localizada en el mismo centro del edificio, pero eso mismo podía provocar eco y teníamos que ser precavidos. Ya no sólo estaba en riesgo mi carrera, sino la de ambos.

Luis se sentó sobre mi escritorio y con su rostro a la altura de mis pechos, me soltó el sostén y se dio el gustazo de su vida. Aquel muchachón los lamió, besó, se acarició los labios con ellos y hasta mordió mis benditos pezones. Yo estaba convencida de que tenía que ser su primera vez con una mujer negra y era obvio que le gustaba mi complexión porque se deleitaba.

Con mi cuerpo expuesto a medias, deseosa de probarlo y tener más contacto, me quité las medias de nylon y me levanté la falda para que
se entretuviera con esa otra parte de mi cuerpo. Él estaba completamente enajenado de la remoción de parte de mi atuendo por continuar entretenido con mis senos. Él se comportaba como si estuviera en su casa, se tomaba tiempo en disfrutarme y no realizaba que no había mucho tiempo para el placer. Levanté una pierna y la coloqué en mi silla, le tomé una mano y se la llevé hasta mi entrepierna, el muchacho finalmente realizó que yo también tenía necesidades. Me acarició la vagina deslizando los dedos suavemente entre mi clítoris y toda mi piel interior. Me le acomodé en el cuello para fundir mis gemidos y que a la vez me escuchara cómo disfrutaba de su estimulación. Logré removerle el pene de sus ropas y lo manipulaba al mismo ritmo que me acariciaba. En cierto momento me dijo, “Siéntate tú en el escritorio”. Y eso hice…

Comenzó a penetrarme con suavidad y no despegaba las manos de mis senos, los apretaba y seguí maravillado por mis enormes pezones, los que pellizcaba entre sus dedos. Yo lo tomé por el cuello y le pedía que me penetrara con más fuerza. El pobre Luis ya sudaba y se esforzaba por darme lo mejor de si, pero a mi sólo me complacía si me penetraban duro y rápido. Le solté el cuello y coloqué las manos a los lados de mis caderas sobre el escritorio y con la fuerza de una mujer en su estado natural; puramente mujer deseando satisfacerse, levantaba mis caderas contra él cada vez que me penetraba hasta que entendió lo que me complacía y entonces sí se esmeró en darme el gusto de acercarme a un sabroso orgasmo. Ya cerca del mismo descansé la cabeza hacia atrás y le pedía que me penetrara con todas sus fuerzas porque ya me faltaba poco. Su jadeo era intenso y yo constantemente lo mandaba a callar. Era difícil concentrarse en aquella competencia entre “baja la voz” y “esmérate en satisfacerme”. Terminé acostándome sobre el escritorio, dejé caer mis zapatos y le crucé las piernas por la cintura. ¡Eso era lo que yo necesitaba sentir! Una penetración completa y profunda que me llevó a temblar de gusto antes, durante y después de lograr un sudoroso, rápido pero bien luchado orgasmo. En algún momento durante el mío Luis también alcanzó el suyo y dejó caer su torso sobre mi vientre agotado y fatigado. Mi vagina emitía contracciones todavía y Luis alcanzó a sentirlas y levantó la cabeza con expresión de sorpresa cuando sintió algunas muy fuertes. Yo simplemente sonreí reconociendo una vez más que podía ser algo elegante, bien preparado y muy brillante, pero a sus casi treinta años no tenía mucha experiencia en las destrezas sexuales. Aún así hizo bien su trabajo, pues logró complacerme, sin ocultar que le tuve que brindar algo de ayuda y dirección.

Finalmente nos levantamos del escritorio. Saqué de mi cartera un paquete de toallitas húmedas y nos limpiamos los sexos como el que se limpia las manos. Cada cual el suyo y sin mediar una palabra. Me vestí, le arreglé la corbata, le sacudí la chaqueta, le salpiqué un beso en los labios, le guiñé un ojo, le di una nalgada y le dije: “Te veo mañana”.

Luis mantuvo el mutis y salió de mi oficina desorientado pero complacido. Balbuceó algo ya de salida que no le entendí. Yo estaba de espaldas, lo miré sobre el hombro y le sonreí para dejarlo ir. Me senté en mi silla, me recosté con la cabeza hacia atrás, respiré profundamente y mi serenidad fue interrumpida por mi secretaria que dio unos golpes en la puerta y entró despavorida para decirme que el Gobernador había hecho una visita sorpresa al Tribunal y quería saludarme. Con mi acostumbrada serenidad y firme temple le respondí: “Hazlo pasar” y ella respondió: “Está en la oficina de al lado, ya viene”. “Gracias Carmencita”-le respondí. Me puse mi chaqueta, me sacudí el cabello y me dije: “De haber llegado dos minutos antes le hubiese dicho adiós a mi carrera. ¿Notará el aroma a sexo? ¿Quién me podría probar que usé mi área de trabajo para satisfacerme sexualmente? Afortunada soy que llegó cuando tenía que llegar y no interrumpió mi atrevido desahogo…”

Artemisa©

[1] entiéndase de estudios legales, abogacía, carrera que se especializa en el estudio de las leyes


2 comentarios:

Artemisa dijo...

Agradezco a un fiel lector que me presento el tema para esta historia.
Desconociendo su fantasia en detalles, espero quede satisfecho.

Kcfeo dijo...

Pelo lacio negro, labios finos, piel canela, pechos grandes....... sin duda una escultura diocesaza.
Educada, inteligente, dispuesta, bien dotada........ un ángel encarnado, una enviada de señor.
Cubana, india, negra, mestiza o simplemente boricua, valla que chocolate.
Fíjate en mi mano levantada hacia lo alto, levanto mi mano para enrolarme como voluntario.
Sin duda que el chocolate despierta pasiones, su aroma, su sabor su "after taste".
Casualidad o conspiración divina?
Dichoso aquel que el destino le ha regalado un chocolate.