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CONTRATADA

Me levanté temprano para prepararme para una entrevista de trabajo. Indecisa de qué vestir; seria y sobria o juvenil y liviana. Preferí hacer una mezcla de estilos para crear impresiones mixtas. Me interesaba mucho este trabajo, la compañía era una de mucho prestigio y era un reto que me había establecido. Tenía la educación, la experiencia, pero sobre todo las ganas de lograr ese empleo.

Llegué a mi destino. Entré por la puerta de aquellas oficinas con determinación y seguridad. Me presenté y me guiaron hasta la oficina del director de la empresa, el cual no se encontraba en ese momento en la oficina. Me invitaron a sentarme, me puse cómoda y lo esperé. En pocos minutos se presentó el señor Roberto Gutiérrez. Me tendió la mano y con delicadeza y suavidad encerró mi mano entre las suyas. “Usted debe ser la señorita Aurora Martínez”-dijo. “Sí, señor Gutiérrez. Encantada de conocerlo”. Nos cambiamos a un salón de conferencias y comenzó la entrevista.


La entrevista fue prolongada pero amena. El señor Gutiérrez evaluó todos los detalles presentados en mi currículo. Me sentí cómoda y esperanzada de que me otorgara la posición vacante. Terminó la entrevista, ahora a esperar su llamada.

Horas más tarde recibí su llamada invitándome a formar parte de la empresa. Me invadió la alegría y la satisfacción de haber hecho una buena presentación. Aquí comenzaría una nueva etapa en mi vida y estaba lista para afrontarlo.

Habiendo completado mi primer mes en la empresa el señor Gutiérrez me solicitó personalmente ser su asistente en un caso extenso y complicado que comenzaríamos a trabajar en 24 horas. Estaba lista y agradecida por tan importante asignación.

Desde el día de mi entrevista sentí una atracción especial por el señor Gutiérrez. Era algo mayor que yo pero se conservaba elegantísimo y llevaba con orgullo unas melenas grises que lo convertían aún más interesante. Poseía una voz placentera, pausada, arrulladora… Se convirtió en mi galán imposible. No era capaz de violar la norma básica del empleado de cruzar la línea y enamorarme del jefe. Preferí admirarlo como profesional, rendir un buen trabajo, conservar mi empleo y guardar el secreto en mi corazón.

No puedo negar que ese trabajo especial se convirtió en uno agotador. Mi horario de trabajo se extendió a 10 y hasta 11 horas diarias, pero lo disfrutaba cada día más. Me daba la oportunidad de demostrar mis destrezas y estaba en buena compañía. La dinámica del trabajo nos obligó a olvidar protocolos y tomábamos almuerzos ligeros en la oficina del señor Gutiérrez para no perder ni un minuto de nuestro tiempo alejados del proyecto. Aunque concentrada en el trabajo disfrutaba trabajar con él, que me necesitara, que me ocupara, que contara conmigo en todo momento…

Se acercaba el tiempo límite de entregar nuestra propuesta y trabajábamos sin cesar. Sí, ya era nuestra propuesta, me adjudiqué participación porque había sudado cada letra plasmada, cada idea, cada estrategia, por eso le dediqué tanto esfuerzo. Además me quería destacar y ocupar una posición de respeto en la empresa.

Al final de un día de arduo trabajo el señor Gutiérrez me solicitó esperarlo en un restaurante muy fino algo retirado de la oficina. Para mí no era una novedad ya habíamos recorrido gran parte de los restaurantes y cafeterías de la zona para comer algo y continuar nuestro trabajo, pero esta vez me sorprendió por ser un restaurante muy elegante y distinguido.  Le pregunté qué notas y documentos llevar, a lo que respondió que no llevara nada. “Esta vez tomaré notas”-pensé y preparé mi maletín con libretas y bolígrafos. Partí hacia el restaurante para esperar al señor Gutiérrez.

El señor Gutiérrez demoró más de lo usual en llegar. En mi ansiedad por continuar el trabajo me asomé por un ventanal que miraba hacia el estacionamiento del restaurante y en ese momento lo vi llegar. Regresé a la mesa y comencé a preparar mis libretas y útiles para no perder tiempo.

El señor Gutiérrez llegó hasta la mesa y me obsequió un ramo de rosas blancas, mis favoritas. Me sonrojé y le pregunté el motivo de esa grata sorpresa. El señor Gutiérrez se sentó a la mesa y me observó en silencio, hasta que interrumpí su mutis para preguntarle por dónde empezaríamos esa noche. El jefe no me dejó terminar mi pregunta y silenció mis labios con un dedo. No pude disimular mi sorpresa y lo expresé frunciendo el ceño. El jefe finalmente rompió su silencio y me dijo: “Aurora esta noche es para ti. Te has esmerado en contribuir íntegramente en el proyecto y te agradezco tu tiempo y dedicación, pero ya es tiempo de que te dedique una noche tranquila y placentera, más tengo que sincerarme contigo”. Presté atención en silencio para que continuara expresándose.

“Aurora no puedo darle más vueltas a lo que te tengo que decir, estoy convencido de que es una realidad y te tengo que confesar que me enamorado de ti.” Así de parco y tajante me expresó sus sentimientos. “¡Señor Gutiérrez!”-expresé con sorpresa. “Sí Aurora, me has enamorado.”-dijo. “Yo no acepté esta asignación para conquistarlo señor Gutiérrez”-respondí defensiva pero con el deseo inmenso de reventar mi corazón y a la misma vez con la duda de si él había notado mi atracción por él. “Hoy soy Roberto para ti y no sientas culpa Aurorita, yo no he podido evitar sentir esto por ti”.-dijo y continuó, “Admiro tu dedicación, tu inteligencia, tu compromiso y tu lealtad, además de tus encantos femeninos. Eres una mujer completa que me llena en muchos aspectos sin ningún esfuerzo, ahora te pido que me des la oportunidad de enamorarte.” “Señor Gutiérrez, bueno Roberto, me halagan tus palabras, me haces sentir especial, algo que había dejado de existir en mi desde hace mucho tiempo.”-guardé silencio y bajé la vista para admirar las rosas que me había obsequiado. Roberto me miró esperando una respuesta a su solicitud, respiré profundamente, levanté la vista y con una sonrisa en los labios asentí con mi cabeza y añadí, “Sí Roberto.”

La sonrisa de Roberto inundó el lugar. Nos reímos juntos y con elegancia tomó mi mano y depositó un beso. Por primera vez había tenido algún tipo de contacto físico con él, anhelado pero reprimido. Me sentí en la confianza de hacerle esta pregunta con coquetería: “Roberto, ¿y en otro aspecto te puedo llenar?” Y como en un libreto de novela Roberto se me acercó y me dijo: “Me llenaría tenerte entre mis brazos, acariciar tu piel, probarte, saborearte, complacerte, que nos amemos una y otra vez hasta el cansancio, hasta la saciedad.” Continué fijando mi mirada en la suya hasta sonreír. ”¿Me deseas Aurora?”-preguntó. “Desde el día que te conocí…”-le respondí con dulzura.

La noche continuó mucho más liviana, amena, sin mencionar el trabajo, el proyecto, ni la oficina. Cenamos, compartimos como amigos, entre sonrisas, arropados por el deseo de devorarnos y entregarnos a la pasión.

Era momento de partir y despedirnos. Con ceremonia y lentitud -como para no dejarme partir- Roberto me acompañó hasta mi auto. Abrí la puerta y antes de sentarme me viré hacia él y le dije: “Gracias por las rosas y por sincerarte conmigo.” Roberto no respondió, se me acercó lentamente y me besó en los labios de manera especial. Quemándome por dentro el deseo por él lo tomé por la corbata, me lo acerqué y lo besé con desesperación hasta cansarme. Sonreímos y nos despedimos.

Al próximo día llegué a la oficina temprano como de costumbre, tomé el archivo del proyecto y entré a la oficina de Roberto. “Buenos días señor Gutiérrez, ¿por dónde empezamos hoy?” Roberto, mudo por mi actitud comedida titubeó y me dijo: “Buenos días Aurora, repacemos las notas de ayer.” Y así pasamos los días, jugando a las dos caras en la oficina, manteniendo la distancia, el respeto habitual y el trabajo extenuante. Nos era difícil contener las emociones, yo lo sentía tan cerca y tan lejos, pero sin poder besarlo, acariciarlo, era desesperante, pero nos esforzamos en mantener el secreto.

Ese día era especial, habíamos terminado con nuestro proyecto entrada la noche, ya todos los empleados de la compañía habían partido y satisfecha por haber cumplido con mi asignación, determinada a entregarme a él me sentí dueña de mi jefe y del momento. Me aseguré que la puerta principal del edificio estuviera cerrada y regresé a la oficina de Roberto. Me le acerqué despacio, sonriendo con picardía, me senté sobre sus piernas de frente a él y lo besé. Corrí mis manos por su cabello, le solté la corbata, le besé el cuello, el pecho, me fui deslizando por sus piernas hasta llegar al suelo y con mirada penetrante y retadora le abrí el pantalón y sin demora me atraganté su miembro de un bocado. Roberto, despeinado y con mirada lujuriosa se fue acomodando y deslizando sus caderas en la silla para facilitarme la faena.

Con una sorprendente rígida erección escondida en mi boca, Roberto gemía de gusto. Me fui excitando, sentí la humedad desbordando de mi sexo y deseándolo con ansias locas. Levanté la vista y Roberto me observaba según saboreaba su instrumento. Me tomó de una mano y me guió hasta sus caderas. Me desvestí a medias, me desabotoné la blusa, botones volaron, me quité las medias, las pantaletas y me subí la falda para acomodarme sobre sexo alerta esperando por mi vagina hambrienta. Deslicé mis caderas despacio hasta alcanzar una penetración completa, no hice ningún movimiento, disfruté la sensación de sentirme llena, de que su sexo habitara mis entrañas… Besé a Roberto y comencé a mover mis caderas con la urgente necesidad de disfrutar del placer de compartir por primera vez con mi querido galán, mi jefe… ¿Será esto correcto, o es una locura?-fueron preguntas fugaces que palpitaron en mi mente, pero ya era demasiado tarde para retractarme, más no tenía el interés de hacerlo y me seguí sembrando sobre sus caderas con libertad.

Roberto en silencio, entre gemido y gemido exploró mi cuerpo con rapidez, movía sus manos por mi trasero, por mis pechos, por mi cintura. “¿Dónde quieres terminar?”-le pregunté ansiosa. Mi orgasmo era inminente, me estaba complaciendo y quería que fuera una conclusión compartida. Roberto respondió: “después de ti, en tu boca”. Continué con la fricción de sexo con sexo hasta alcanzar sentir satisfacción completa, mi sexo latía como maratonista al llegar a la meta, fatigado, ensopado en fluidos. Recobré el aliento y me arrodillé frente a la entrepierna de Roberto para que terminara su carrera también. Apreté su miembro con fuerza entre mis labios, con movimientos rápidos de entrada y salida. Me acarició el cabello y balbuceó: “no pares por favor.” Moví mi cabeza de lado a lado para dejarle saber que no sería capaz de abandonarlo hasta que sentí un salpicón tibio en mi garganta y las piernas de Roberto relajarse acompañado de una expresión gutural de alivio. Succioné su miembro hasta drenar la última gota de sus fluidos saboreando la medalla del éxito. Inmediatamente me senté en su escritorio, crucé las piernas y le dije: “merezco un cigarrillo.” Comentario simbólico de haber completado un encuentro sexual satisfactorio. Roberto soltó una carcajada, se incorporó y abrió su armario, sacó una botella de brandy y brindamos por el amor y por haber terminado con el prolongado proyecto que tantas noches nos robó pero nos unió.

Al próximo día salimos juntos de la oficina para hacer la presentación del proyecto. La propuesta fue aceptada y Roberto me dijo: “esto merece celebrar”. No regresamos a la oficina, me llevó a su departamento y compartimos en resto del día entre risas, besos, pasión, amándonos una y otra vez hasta la saciedad, tal cual me lo había ofrecido…

Es necesario mencionar que me convertí en su asistente personal. Continuábamos trabajando con seriedad, ahínco y compromiso. No dejamos de respetar nuestro lugar de trabajo, continuábamos trabajando hasta altas horas de la noche pero cuando Roberto sacaba la botella de brandy del armario y la ponía sobre el escritorio era señal de tomar un merecido descanso.    



Artemisa© 


2 comentarios:

Artemisa dijo...

Cuan complicado puede ser un trabajo, pero con paciencia, determinacion y compromiso la remuneracion llegara...

Sergio Aguilar Molina dijo...

Y bien que le llegó a la protagonista. ;-)