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ADIÓS

Ese día el centro comercial estaba repleto.  Era hasta difícil caminar por los pasillos.  Después de hacer mis compras me fui a disfrutar de un café.  Todas las mesas estaban ocupadas y no tuve otra opción más que solicitarle a un joven si podía compartir la mesa conmigo.  Accedió muy gustosamente.

Se presentó muy cortésmente, “mi nombre es Javier”; “mucho gusto Javier, yo soy Aurora”, le respondí.


Entablamos conversación.  Durante la charla Javier tomó un poco de confianza y me acarició las manos de vez en cuando.  No me incomodó.  Estaba encantada con la magia de aquel simpático chico.                           

Javier era guapísimo, alto, esbelto y olía muy bien. Era un chico extrovertido y alegre. Sería unos diez años más joven que yo… 

Sorpresivamente Javier se me acercó un poco y entrelazó sus dedos en mi cabello.  “Qué está pasando aquí” -me pregunté, pero no lo evité…  La conversación comenzó a cambiar de tono y me dejé llevar…  Se me acercó aún más y puso su mano en mi muslo y me susurró al oído, “te quiero besar”, acercó su frente a la mía y me dio un tierno beso en los labios.

Yo estaba derretida por su seducción…  No me sorprendió su próxima movida y la esperaba… “vienes conmigo?” -me preguntó y simplemente sonreí y me levanté para partir con él.  Me tomó de la mano y nos fuimos.

Para mi sorpresa no abandonamos el centro comercial.  Javier administraba una tienda allí y me llevó al almacén.  Era un espacio amplísimo, a media luz, frío, lleno de cajas y mercancía. 

Se me fue acercando despacito, me olió profundamente y me puso sus manos en la parte posterior del cuello, me miró fijamente y nos besamos.  Me besó las mejillas, el cuello, los labios y comenzó a desabotonar mi blusa.  Me sintió los pechos con curiosidad y delicadeza.

Yo no sabía ni por dónde tocarlo, era tan tentador que lo quería todo para mí, pero él me llevaba con calma y seguí su tempo…  Lo fui desvistiendo poco a poco…  Comencé por su camisa, que dejé caer para sentir su pecho musculoso y definido.  Le abrí el cinturón e introduje mi mano por sus pantalones para tocar su sexo, deseaba sentir su erección.

El se manifestó como dueño del tiempo y el espacio.   Como si hubiera detenido el mundo y sólo existíamos nosotros en aquel lúgubre almacén.  Me acariciaba la piel suavemente, me sentía, me olía, me disfrutaba…  Yo estaba encantada con él y su ceremonia de seducción… 

Finalmente me bajó los pantalones y acarició mi sexo para encontrarse con una abundante humedad esperando por él…  Me acarició con la misma calma y paciencia, casi me lleva a un orgasmo, que talento!

Cuando comenzó a sentir mis contracciones y mis gestos y gemidos me penetró con unos movimientos suaves de entrada y salida que me enloquecieron. Todo mi cuerpo temblaba, se me erizó la piel y me acariciaba los brazos y los muslos para sentirlo.

Sus movimientos comenzaron a alcanzar intensidad y la dulzura y sutileza Javier quedaron atrás…

-        Dime que te gusta
-        sí, me gusta
-        Dime que te encanta
-        me encanta
-        Dime que eres mía
-        soy tuya Javier, soy tuya
-        Dime que me deseas
-    Sí, te deseo Javier
-        Lo quieres más profundo?
-        sí, bien profundo
-   ¿Quieres que te regale un orgasmo?
-        sí, por favor
-        Pídemelo
-        regálame un orgasmo Javier
-        ¿Me detengo?
-        NO, POR FAVOR NO!
-        ¿Estas lista?
-        sí, estoy lista, dámelo todo, no te detengas
-        Te gusta?
-        Me encan…..ta….

…Y lo logró…  Me regaló un orgasmo fuera de este mundo.  Yo todavía  estaba disfrutando de las contracciones posteriores a un orgasmo fulminante pero Javier todavía no había terminado, así que continué con su juego…

-        regálame un orgasmo tuyo Javier, vamos cariño no te detengas, vamos con fuerza, con fuerza, así mismo, regálamelo anda, entrégate…
-        Aquí va, todo para ti…

…Y Javier alcanzó un orgasmo de grandes proporciones.  Se contorsionó, gritó, perdió el aliento…  Yo le acaricié el cabello, le di tiempo, luego le pregunté, “estás bien?”, y todavía sofocado me respondió “sí, sí estoy bien y tú”, “yo estoy muy bien” -le respondí y le sonreí.

En ese momento pude realizar que para ser hombre no hay edad.  Aquel chico me demostró ser no un joven, pero todo un hombre.

Me tomó ambas manos, levantó su cabeza, me miró a los ojos y me sonrió.  Yo nunca había visto una sonrisa tan sincera, tan fresca, una expresión de satisfacción que no tenía precio…

El centro comercial ya estaba cerrando sus puertas, lo anunciaron por el altoparlante, me apresuré a salir lo que nos obligó a despedirnos con un simple adiós… 

Artemisa©




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1 comentario:

Artemisa dijo...

"En ese momento pude realizar que para ser hombre no hay edad. Aquel chico me demostró ser no un joven, pero todo un hombre."