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VENTAJAS DEL BUEN GUSTO


Me esmeré en hacer buenas ventas en el trabajo y recibí una sustancial comisión que decidí usar, entre otras cosas, para remodelar mi mobiliario.

Tenía los mismos muebles desde que estudiaba en la universidad y además de rasgados y mal olientes, eran tan viejos y pasados de moda que su destino era ir directamente a la basura, no eran dignos de ser donados, sería un insulto ofrecerlos. Con la ayuda de unos amigos los removí del departamento para hacer espacio para mis muebles nuevos. Afortunadamente vivía en un primer piso y fue fácil desahuciarlos.


El día antes de recibirlos hice una limpieza esmerada en el área donde serían colocados. ¡Estaba feliz por mi nueva inversión! Esperé por la carga y ya con dos horas de retraso me comuniqué al almacén donde los compré para investigar el paradero de mis muebles. Discutí con el vendedor, con el director del almacén hasta que logré que me facilitaran el número de teléfono celular del chofer que me entregaría la mercancía.

Me comuniqué con un hombre de apodo “Tico” y le reclamé la tardanza en la entrega. Después de mil excusas se comprometió a llegar a mi hogar en los próximos 60 minutos. En 45 minutos ya estaba aparcando el camión frente a mi departamento, lo miré por la ventana y salí a la calle a recibirlo, olvidando los malestares del retraso, muy emocionada porque finalmente habían llegado.

Comenzaron el proceso de bajar los muebles del camión y yo a supervisar que no les hicieran ningún rasguño. Conocían muy bien su trabajo y con fuerza y bañados en gruesas gotas de sudor localizaron mis muebles en el área que les indiqué. En lo que Tico organizaba la papelería para tomar mi firma para evidenciar la entrega, fui a mi cocina a servirles agua. Desde la cocina observé a estos hombres, el ayudante era un hombre bastante joven, callado, delgado y desgarbado. El otro era un hombre fornido, con una espalda que me recordó una muralla de concreto, algo pasado de peso (especialmente notable en el área del abdomen), de voz profunda y muy bien articulado, guapo por cierto. Les ofrecí el agua, la cual se bebieron de un trago y el otro muchachón, después de devolverme el vaso me dio las gracias y se retiró al camión. Tico me presentó los papeles para firmar y comentó: “Muy buen gusto, muy buena selección. Que disfrute su nuevo mobiliario. Buenas tardes.” Y le añadió a su comentario una sencilla pero agradable sonrisa. Le agradecí sus comentarios, le deseé las buenas tardes y partió.

Cerré la puerta tras su salida y pasé a mi sala con una sonrisa en los labios disfrutando de mi nueva adquisición. Los observé, los contemplé un buen rato y me sentí satisfecha. Era medio día y como había tomado el día en el trabajo para recibir la carga, pasé a la cocina para prepararme almuerzo. Mientras la comida estaba lista revisé los documentos de la entrega y recordé no haberle entregado a Tico y su ayudante una gratificación por la entrega satisfactoria, aún habiendo llegado con varias horas de retraso. Saqué del zafacón el arrugado pedazo de papel donde había anotado el número de Tico y lo llamé para solicitarle regresaran por su propina. Tico fue muy cortés en rechazarla, pero insistí y se comprometió a regresar a casa más tarde. No me indicó la hora en que iría, mencionó que tenía más carga por entregar.

Almorcé y aproveché el resto del día para descansar. Pasé a mi habitación a tomar una siesta. Cuando desperté, totalmente desorientada por no saber qué hora era, ya atardeciendo, recordé la visita de Tico y corrí a ducharme para desperezarme. Me puse un vestidito liviano de estar en la casa, me serví una copa de vino y me acomodé en mi nuevo sofá a mirar tele. Dieron las ocho de la noche y convencida de que el camionero ya no iría a recoger su propina pensé “Que error de mi parte no haber recordado dárselas en el momento pero que orgulloso es, como deja perder un dinerito.” Me serví otra copa de vino y regresé a mirar mi programa.

Cerca de treinta minutos más tarde tocaron a mi puerta y para mi sorpresa era Tico. Esta vez limpio, perfumado y bien vestido. Me alegré mucho de verlo, lo invité a entrar y sentarse. Le ofrecí una copa de vino la cual aceptó haciéndome la salvedad que la aceptaba por encontrarse fuera de horas de trabajo. Me dio gusto que la aceptara y con simpatía entabló conversación. Comentó sobre la nueva mercancía que había llegado al almacén y nuevamente alabó la selección de mis muebles. Le serví otra copa de vino la cual no rechazó. Era buen conversador; agradable, sencillo… Después de una larga e interesante charla, ya habiendo entrado en temas más personales, nada íntimo, se levantó para partir. Me entregó la copa en la mano y al ser el tallo de la misma muy fino nuestras manos se mezclaron pero ninguno de los dos se retractó. Nos miramos a los ojos y sonreímos. Una vez más me regaló la misma hermosa sonrisa que en la tarde. Yo me reí por la confusión de nuestras manos, pero ninguno de los dos soltaba al otro. Me tiró de la mano y me acercó a su pecho, me miró fijamente y se me acercó a los labios para besarme. Le correspondí plácidamente pero sin otras intenciones. Le solicité me disculpara para ir a buscar la propina que le había prometido. En mi habitación, mientras buscaba el dinero, analicé la situación brevemente y me quité la ropa interior ya con la mente dañada por el beso y mi cuerpo respondiendo a su breve estímulo.

Regresé a la sala con el dinero en mano, se le ofrecí, lo tomó y lo puso sobre la mesa. Nuevamente me acercó a su cuerpo y sus labios. Nos besamos con más intensidad que la primera vez a lo que incluimos caricias en el cabello y el cuello. Tico me acarició el trasero y con ambas manos me acercó contra su sexo el cual pude sentir rígido y duro. Más besos, más caricias y no dejaba escapar mi cuerpo. Tomé un respiro, le removí las manos de mi trasero y le puse la mano en el estómago en señal de que esperara ahí parado. Caminé hasta el sofá sin quitarle la vista de encima, según caminaba me iba soltando los botones del vestido, algunos de arriba otros de abajo. Me senté en la esquina del mueble, puse los pies en él y separé las piernas. Lo miré con reto ofreciéndole mi sexo. Abrí el resto de los botones de la parte superior del vestido, expuse mis senos y los comencé a acariciar. Recliné la cabeza y lo observé sonriendo. Tico fue obediente, se mantuvo donde le pedí me esperara, esperó a que terminara de acomodarme y exponerme y lentamente se me acercó. Se removió la camisa, se abrió el pantalón y se acercó de cara a mi vagina. Me lamió como gato sediento, me provocó gemidos, contorsiones, contracciones vaginales sabrosas que hacía tiempo no sentía. Tico se esmeró en complacerme. Era muy diestro con la lengua y sus dedos, los cuales introdujo en mi vagina jugando así con mis fluidos y su saliva. Comenzó a penetrarme con los dedos y seguía estimulándome con la lengua. Levanté la cabeza para observarlo y lo tomé por el cabello para mantenerlo en contacto con mi vagina. Me hacía sentir rico y quería que termina su buen trabajo. Me lamía los labios de la vagina con una lengua firme y me encantaba, levanté las caderas para hacerlo llegar a mi clítoris nuevamente hasta que me provocara un orgasmo, al cual llegué sin prisa y habiéndome disfrutado cada segundo de su habilidad.

Mientras me disfrutaba esos sabrosos latidos posteriores a un orgasmo, Tico se terminó de desvestir. Me levanté y le pedí se sentara en el sofá. Lo menos que podía hacer era otorgarle el mismo placer que me había dado a mi. Su pene rígido y en penitencia esperaba por mi. Primero lo tomé con una mano y jugué con él hasta comenzar a frotármelo contra los labios. Lo acaricié hasta comenzar a lamerlo desde la parte inferior y llegar hasta la cabeza de su miembro y finalmente introducírmelo en la boca. Continué con lamidas, succiones y caricias con mis labios y mi lengua hasta que sentí que relajó las piernas y levantaba ligeramente las caderas. Le pegué las manos con palmadas fuertes en los muslos, mientras mantuve su miembro en mi boca con movimientos de entrada y salida. Presioné los labios con fuerza sobre las paredes de su sexo y continué con movimientos constantes  de penetración oral. Tico me tomó por las manos y me pidió que me levantara y me sentara sobre él. Con gusto me introduje su miembro. Me tomó por las caderas y me dijo: “muévete a este ritmo” Complací su solicitud y le pregunté: “¿así es como te gusta?” y respondió: “lo estás haciendo perfecto” De vez en cuando me guiaba las caderas según su necesidad. Me esmeraba en complacerlo pero sólo él sabía como jugar con sus sentidos para prolongar su orgasmo. La fricción de su pene y su piel contra mi clítoris me provocaron excitarme y me esmeré en seguir su ritmo pero hacer un poco de trampa y aprovecharme del momento para alcanzar otro orgasmo. Mantuve el ritmo hasta decirle: “estoy lista, terminemos juntos” Tico me volvió a sujetar las caderas para levantarme y dejarme caer sobre su miembro. ¡La sensación era espectacular! Una penetración ruda y agresiva, tal como me gustaba terminar. Continué complaciéndonos con saltos bruscos hasta sentirme cada vez más cerca de mi conclusión. Tico comenzó a gemir profundamente, mantuvo los ojos a medio abrir inundado por el placer, entonces me dejó caer y me sujetó contra su piel. Literalmente me frotó contra su cuerpo, sexo contra sexo hasta que sentí una tibieza placentera inundar mi interior. Me froté contra su cuerpo unas veces más y me disfruté otro sabroso orgasmo.

Me mantuve sentada sobre sus caderas y fui disminuyendo los movimientos. Lo besé cálidamente y me respondió de igual manera. Me levanté y regresé a su miembro para limpiarlo de tal embarre. Lamí cada gota de nuestros fluidos con delicadeza. A Tico le temblaban las piernas, yo sonreía cada vez que hacía contacto con su piel, le hacía cosquillas pero no protestó. Me lo saboreé hasta dejarlo limpio, dejando solamente rastros de mi saliva.

Serví vino, me senté sobre sus piernas y nos tragamos el alcohol. “¿Vuelves mañana?”-le pregunté. “Si tu quieres”-respondió. “Por favor”-le respondí y añadí: “Vete, ya es tarde y los dos trabajamos mañana, gracias por haber regresado” Nos levantamos, Tico se vistió, yo me quedé desnuda con una copa en la mano, tomé la botella y me serví el sorbo que quedaba. Se me acercó y me acarició los senos y le dije entre broma y seriedad: “Vete que me tengo que acostar, regresa mañana por más” y cerré mi oración con un guiño. Tico se rió y me preguntó: “¿a la misma hora?” A lo que respondí: “ven más temprano y cenas conmigo” “Esta bien, aquí estaré”-respondió.

Caminé junto a él hasta la puerta, nos dimos con un ligero beso en los labios, le levanté la copa en señal de aprobación y se despidió.

Cerré la puerta tras su partida y me recosté contra ella riendo en voz alta y con maldad. Caminé hasta la sala, acaricié el sofá y le “dije”: “Valió la pena la inversión…”

Artemisa©




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