Vistas a la página totales

PAREJA DISPAR

Hoy fue un día como cualquier otro, ni mejor ni peor, más de lo mismo….

Caminé hasta la estación del tren y lo abordé. Estaba repleto como de costumbre a esa hora de la tarde. Se acercaba el invierno, ya oscurecía más temprano... Me senté junto a la ventanilla y miré hacia fuera sin observar, para perder mi mirada en el vacío. Mi vida se había convertido en una rutina y me preguntaba si valdría la pena…

Un caballero interrumpió mis pensamientos para preguntarme si el asiento contiguo esta ocupado. “No señor, se puede sentar.” Y volví a perder mi mirada en la nada…


“¿Siempre eres tan callada?”-me preguntó interrumpiendo mis pensamientos nuevamente. “Estoy cansada”-respondí con sobriedad. “Eres muy joven para estar tan triste”-añadió. “Mi vida es muy aburrida, es tan rutinaria”-le comenté. ¿Y que te parece si para sacarte de la rutina te hago una invitación y aceptas?-dijo. Yo simplemente lo miré. “No te voy a invitar a una copa ni a un café, pero ¿me acompañas a comer pizza? Conozco un buen lugar, tengo hambre, debes tener hambre”-añadió. Mi reacción fue de sorpresa por ser una invitación algo inusual, pero acepté.

“Permíteme presentarme, mi nombre es Juan Martínez”-y me extendió la mano para saludarme. “Hola Juan Martínez, yo soy Paula Contreras, mucho gusto, gracias por la invitación” “Me place tener compañía a la hora de cenar, he vivido solo por muchos años y a veces me aburro por no tener con quién hablar”-me dijo, a lo que añadí: “A mi me está pasando lo mismo. Disfruto la soledad, pero a veces siento que es demasiado” “Te entiendo, me pasa igual….”-añadió y ambos quedamos en silencio.

“Esta es nuestra parada, aquí nos bajamos”-dijo Juan muy excitado. Caminamos hasta la pizzería y Juan me hizo sus recomendaciones las cuales acepté y ordenamos. Mientras esperábamos la comida me contó a qué se dedicaba y me hizo preguntas sobre mi trabajo hasta que me interrumpió y me dijo: “¡Dejemos los temas cotidianos fuera, hoy salgamos de la rutina! Cuéntame, ¿que esperas de la vida, que planes tienes? “Sólo te puedo responder que deseo ser feliz….” Y bajé la cabeza con pesar. Juan con empatía me respondió: “Yo sé que algún día escucharé de tus labios que eres feliz…”-y no dijo nada más. Yo no argumenté, veía esa posibilidad tan remota…

Nos sirvieron la pizza, estaba sabrosa, era cierto, los dos teníamos mucha hambre. Juan se encargó de hacerme reír el tiempo que compartimos juntos. Tenía un sentido del humor agradable, liviano, me hacía sentir cómoda y hasta contenta. Caminamos juntos hasta la parada del tren e hicimos planes para volver a vernos, cenar y compartir.

Cuando llegué a casa me duché y según me salpicaban las gotas de agua en la cara recordaba los comentarios jocosos de Juan y me provocaron sonreír. Me sentí alegre por dentro y por fuera. Esperaba nuestra próxima cita con emoción, nadie se había tomado la molestia de ser cortés conmigo en mucho tiempo. Estaba feliz de tener un nuevo amigo.

El próximo día fue la misma usual rutina, pero según avanzaban las horas me fue despertando una energía inexplicable. Salí del trabajo, Juan y yo coincidimos en la parada del tren, lo tomamos juntos hasta llegar a nuestro destino. Esta vez disfrutamos de comida mexicana y hasta brindamos con unas margaritas. Fue otra noche de risas y buenos momentos. Me sentía estimada, apreciada…

Llegó la hora de despedirnos. Era viernes y sabía que no volvería a ver a Juan hasta el lunes, pero podía esperar… Al despedirnos Juan me extendió la mano, se la tomé y la sostuve mirándole fijamente con picardía, fueron unos largos segundos de silencio, de expectativa… Me le acerqué a la mejilla y le deposité un cálido beso. Juan sonrió y mostró hasta un poco de pena, pero sentí el impulso de hacerlo y me sentí bien de haberlo hecho.

Durante el fin de semana mi estado de ánimo cambió radicalmente. Hice los quehaceres de la casa con motivación, cantando, bailando, ¡estaba feliz! Sentía que había recuperado la autoestima y se lo debía a Juan, es que me hacía sentir tan bien, finalmente había llegado a mi vida algo, o en este caso alguien que me motivaba… El domingo en la tarde preparé la vestimenta de la semana y arreglé conjuntos un poco más sexy y algo reveladores.

El lunes me pareció eterno, hasta que finalmente llegó la hora de partir de la oficina y caminé con rapidez hasta la parada del tren. Juan ya me esperaba. Se alegró de verme tanto como yo a él e hizo comentarios positivos de mi ropa, notó el cambio… Yo era toda sonrisas, como flor bañada de rocío en pleno amanecer…

Decidimos ir por algo liviano, fue noche de emparedados. ¡Como disfrutamos! Me llegué a preguntar cómo había sido posible que yo tan joven me hubiese encapsulado en una vida tan vacía y tan aburrida por tanto tiempo, o era que el “señor perfecto” no había llegado todavía; ¿sería Juan “ese” señor perfecto? Ay que calamidad, que enjambre de pensamientos…. Sentía prisa por vivir todo lo perdido pero a la vez me asustaba el hecho de que Juan se cansara de mí y se alejara, “si tan sólo me diera una señal”, me dije.

Juan se esmeraba en hacerme pasar un buen rato y lo lograba sin mucho sacrificio. Me hizo un chiste tan gracioso que me ahogué y la soda me salió por la nariz. Jajajaja ¡No podía para de reírme por la mezcla de incidentes! Trataba de disculparme por la expulsión nasal y Juan se disculpaba por haberme provocado ahogarme. ¡Fue un desmadre de risas! Juan se sentó a mi lado para darme palmadas en la espalda porque verdaderamente me ahogué y tenía que toser, pero no podía parar de reírme a carcajadas escandalosas… Cuando ya finalmente me incorporé y a Juan le regresó el color a la cara me abrazó. No entendí el significado del abrazo, y le pregunté: “¿A qué se debe el abrazo?” “Es que la paso tan bien contigo, me place verte feliz”-dijo. “Yo también la paso muy bien contigo y te agradezco que me hagas sentir así de bien”-añadí. Ya era hora de irnos, Juan pagó la cuenta y partimos. Esta vez caminábamos sin prisa, disfrutando nuestros últimos minutos juntos de la noche en silencio. Juan me tomó de la mano y lo apreté con fuerza en respuesta positiva a su gesto. Cuando llegamos a la estación del tren Juan me pidió le permitiera acompañarme hasta la puerta de mi casa y acepté sin reparos.

En el tren Juan iba haciéndome jocosas anécdotas de sus experiencias. Tenía la destreza de sacarme cada carcajada… Según me reía de sus cuentos a la vez pensaba: “¿Que magia tan particular tiene este hombre, es más bajo que yo, pasadito de peso, joven pero casi sin cabello, me ha cautivado? No es sólo su sentido del humor, es su amabilidad, su paciencia, su simpática elegancia, su particular personalidad…”

Llegamos a la puerta de mi casa. Subimos las escaleras despacio, saqué las llaves de mi bolso y me paré frente a la puerta. Juan me agarró las manos, respiró profundamente y me disparó una pregunta: “¿Estarías dispuesta a tener una relación seria conmigo?” Una sonrisa floreció en mis labios y sin pensarlo le respondí que SÍ. Y añadió: “Me encantas, eres sencilla, agradable y hermosa. Una vez te dije: Que yo sabía que algún día escucharía de tus labios que eres feliz… y sé que lo voy a lograr y quiero que sepas que no es un capricho, ya tú a mí me haces feliz.” No tuve palabras para argumentar, lo abracé y nos despedimos con un beso en los labios.

Continuó la semana. Esta vez con una visión distinta. En el trabajo notaron mi felicidad. Estaba más conversadora y extrovertida. Es que genuinamente me sentía feliz y lo proyectaba. Juan y yo continuamos cenando juntos. Llegó el jueves y le pregunté a Juan si tenía compromisos para el fin de semana, me respondió que no. “Pues mañana ven preparado para que pasemos el fin de semana juntos”-le dije. Juan no cabía en su piel de la sorpresa, lo disimuló pero yo lo pude notar….

Llegó el viernes y como de costumbre nos encontramos en la parada del tren. Lo abordamos y llegamos a mi casa. Lo invité a pasar y acomodarse. Le preparé una cena sencilla, pero sabrosa que disfrutamos a la luz de las velas. Nos sentamos a reposar un rato hasta que me excusé y pasé a ducharme. Me le presenté a Juan con una camisa de dormir muy reveladora. Juan no encontró que más palabras halagadoras decirme y me pidió ducharse.

Lo esperé en la cama. Salió del baño desnudo. Le permití desvestirme y nos comimos a besos, pero yo quería más y le dije a Juan: “Te quiero devorar” “Soy todo tuyo, haz de mí lo que te plazca que después me manifiesto yo”-dijo.

Tiré a Juan sobre la cama y sin más preámbulos le succioné, lamí y saboreé su miembro. Despacio para excitarlo poco a poco. Su erección no tardó en aparecer e introduje su miembro por completo en mi boca. Juan gemía en voz baja, levantaba sus caderas ligeramente para dármelo todo. Cuando ya me sentí lista, húmeda y deseosa de una penetración me acomodé sobre sus caderas y me lo disfruté adentro con movimientos en todas direcciones. El miembro de Juan era bien grueso y se me erizaba la piel cada vez que rozaba mi clítoris contra él. Montada sobre él me comencé a frotar los senos, acariciar los pezones y lamerlos. Sentía la fuerte rigidez de Juan rellenando mi sexo y me encantaba. Juan me pidió ir arriba de mi y sin protestar le di la oportunidad. Según se acomodaba le lamí la piel, le mantuve el miembro erecto y firme hasta que me penetró. Juan supo jugar conmigo y  complacerme. Me penetraba despacio, luego con velocidad, jugaba con la punta de su miembro en el portal de mi vagina, ¡me tenía loca! Tomó su miembro en mano y acarició mi clítoris hasta llevarme a un clímax espectacular, sentí sabroso. Su sexo amplio, durísimo, como lanza de piedra… “Le pregunte: ¿Quieres terminar en mi boca? Y accedió.

Juan se mantuvo de rodillas y con el deseo de satisfacerlo lo succioné y presioné entre mis labios saboreando mis propios fluidos. Todavía mi cuerpo se estremecía de tan espectacular orgasmo. Juan me puso la mano en la parte posterior de la cabeza y me empujaba según su miembro entraba mi boca. Me pidió que no tragara, que dejara fluir la saliva sobre su piel. Mi saliva caía en las sábanas con abundancia. Sentí una burbujeante sensación en su sexo y se drenó en mi boca emitiendo una poderosa expresión de placer. Me arrodillé frente él y nos besamos en los labios. “Me encantó”-le dije a Juan. A lo que comentó, “descansa que hay más para ti.”

¡Fue un fin de semana sensacional! Nos entregamos al amor. Nos entendíamos en todas las formas, nos acoplamos rápido y sin dificultad. Lo dábamos todo el uno por el otro para complacernos. Intimábamos prácticamente todas las noches, Juan era un amante fogoso, era generoso y complaciente.

Una vez más mi vida se convirtió en una rutina, pero esta vez placentera, recuperé la juventud, la vida. Tomábamos el tren en la tarde, cenábamos y el postre lo compartíamos en mi casa. Juan nunca cambió, me daba alegría.

Una noche, después de un encuentro candente le dije: “¡Juan, soy feliz!”


Artemisa©


1 comentario:

Kcfeo dijo...

Fue una vez y dos son tres cuando mi vida tenia un orden distinto al actual que el destino puso en mi camino este único premio a la belleza, claro que para un mortal que no provenía de holiwood dicha meta era casi un sueño. Pero al igual que el Loto, "a cualquiera le toca".
Pero la naturaleza es sabia y aunque no tenia la presencia tipo holiwood me sobraba la actitud y el deseo de un camicace.
Que generosa ha sido la vida con migo, por eso cada vez que tengo una oportunidad la aprovecho y miro a lo alto y me repito "Que obediente y buen muchacho he sido".