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DOS POR UNO

Era sábado y entraba la noche, iba transitando por una avenida interminable, repleta de semáforos, mucho tráfico.  Estaba aburrida, conducía sin rumbo…  Me detuve en una luz roja y miré hacia el lado.  El conductor contiguo hizo lo mismo.  Lo miré y continué mi camino…

En el próximo semáforo se repitió la dinámica y otra vez y otra vez…  Lo miré con sensualidad y se sonrió.  Volvió a cambiar el semáforo y avanzamos.  Observé por el espejo retrovisor que buscaba entre los autos de detenerse al lado mío y lo logró.  Me hizo un saludo con la mano y yo le sonreí y continué la marcha.  En el próximo semáforo bajó la ventanilla y me peguntó: “¿Hacia dónde vas?” “¿A dónde me invites?” –le respondí, “Sígueme” –dijo. …Y eso hice…

Llegamos a un bistro que yo frecuentaba, buen ambiente.  “Tiene buen gusto” –me dije.  Nos estacionamos y caminó hasta mi auto.  “Hola guapa” –fue su saludo.  “Me enamoraste con esa mirada que me diste en la carretera” –añadió.   Sonreí.  “¿Aceptas mi invitación a un trago, este lugar me lo han recomendado muy bien? –comentó.  “Acepto” –respondí.  Entramos y localizamos una mesa.  “¿Qué te tomas?” –me invitó.  Seleccioné una bebida y él ordenó unos bocadillos.  Extendió su mano, se presentó como Miguel y me recitó un monólogo de su vida el cual escuche atentamente.  Yo no sentía la necesidad de contarle mi vida, le ofrecí breves datos, generales, nada íntimo.

Miguel era un hombre encantador, cortés, elegante y con el don de la palabra.  Me mantuvo entretenida toda la noche.  Tomamos, comimos, nos reímos, bailamos, en fin la pasamos muy bien.

Decidí hacer un experimento, le tomé la mano y le pregunté que como yo había aceptado su invitación, me preguntaba si él aceptaba la mía.  “¿Y qué propones?” –preguntó.  “Vamos a mi departamento” –le respondí.  “Esta bien, acepto” –me respondió.  Partimos…

Llegamos a mi departamento, serví unos tragos, puse música y nos enfrascamos en conversación.  En el curso de la conversación le acaricié el cabello, le deslicé mis dedos por la piel de su rostro, el cuello…  Le pregunté si le gustaban mis caricias, me respondió que si pero que le gustaría más si le acariciaba el muslo.  Con la intención de complacerlo acerqué mi mano a su muslo pensando que eventualmente llegaría hasta su entrepierna.  Pero estaba tan bien dotado que su pene le llegaba hasta el muslo, que delicioso banquete me iba a dar…  Sentí curiosidad por verlo y sentirlo con mis manos.  Le abrí el pantalón y pude convencerme de su majestuosidad.  Su pene enorme, más grande de lo que se sentía a través de su pantalón.  Sonará exagerado pero era el más hermoso que había visto en mi vida.  Bien definido, un grosor perfecto, un largo exagerado, rosado, terso…  ¡Estaba emocionada con mi nuevo entretenimiento!

Era obvio que quería probarlo.  Me lo introduje en la boca lo más profundo que pude para darle placer a Miguel.  Su piel era muy sensitiva y se estremecía cada vez que lo probaba.  Levantaba sus caderas al ritmo de mis movimientos, ejercicio que me encanta, sentía unos deseos inmensos de sentirlo en mi interior.  Le pregunté cómo quería terminar y me respondió: “Como tu prefieras”.

En fracción de segundos me desvestí, deslizó sus dedos en mi vagina para verificar mi humedad, recibí su aprobación y me monté sobre sus caderas.  Tengo que confesar que con mucho cuidado porque su dimensiones eran respetables.  Comencé con  movimientos suaves para poder disfrutármelo hasta el máximo.  Miguel me agarró por las caderas y guío mis movimientos.  Una espectacular e indescriptible sensación.

“No te detengas mi niña” –me decía.  Me movía a la velocidad de un tren descarrilado.  Sentía un cosquilleo en mi sexo anunciando un inminente orgasmo…  Miguel tenía mucha resistencia y necesitaba más estímulo así que permanecí sobre él batiendo mis caderas para que me alcanzara en el pico del placer.  Mi lubricación cantaba al ritmo de mis movimientos.  Sentía que su sexo cubría todo mi interior, rígido, tieso…  Un proceso intenso, tan intenso que comencé a sentir el mismo cosquilleo nuevamente.  “¡Otro orgasmo Miguel!” –le anuncié con emoción.   “Me llevas ventaja” –dijo.  “Cuando te diga te vas a poner de rodillas frente a mi”.  Continué con movimientos frenéticos hasta que me dio la orden, me arrodillé obedientemente y esparció una catarata en mi cara, abrí la boca como gata sedienta a ver que alcanzaba.  Le celebré su conclusión y me bebí los residuos de su explosión.

Terminamos agotados, fatigados pero satisfechos.  Una vez que recuperó el aliento me pidió un trago y se lo serví con gusto, ¡aquel hombre merecía un premio!  Lo invité a ducharse y disfrutamos acariciarnos bajo el agua.  Necesitábamos descanso y relajación.  Lo invité a pasar la noche conmigo y aceptó sin ningún reparo.

Después de ducharnos lo llevé a la cama para que descansara.  Yo todavía llena de energía, sin explicarme cómo, le di un masaje con aceite fragante en todo su cuerpo.  Se quedó dormido. Lo dejé descansar, me acosté a su lado y me quedé dormida plácidamente.

Lo que Miguel no sabía era lo que tenía planificado para el próximo día...  Una joya así no es un regalo de todos los días...  Me lo pensaba desayunar con hambre de mujer…

Artemisa©


5 comentarios:

Artemisa dijo...

Es tan apetecible disfrutar de un cuerpo -tanto femenino como masculino- bien dotado. Hagamos fiesta y celebremos las oportunidades de tener uno en nuestras manos, boca, cuerpo...

Anónimo dijo...

te quedo brutal

kcfeo dijo...

Como cantaran los genios panameños; "Señorita a mi me gusta su style". En la vida no todos hemos tenido la oportunidad de ser regalados con majestuosidad y generosidad. Aquellos que en algun momento hemos recivido un regalo inusual lo atesoramos y eso te marca para siempre. 10 chocolates.

Artemisa dijo...

Aprecio muchisimo sus comentarios, escribo con esmero y lo hago con placer, mas aun cuando recibo comentarios como estos, que son los que me animan a seguir escribiendo!

Gracias por su apoyo!

Ron dijo...

Wow me hizo recordar una experiencia parecida que tuve un tiempo atras . Te felicito